EL CENTRO DE NUESTRA FE

Muchas personas se preguntan en que creen los Santos de los Últimos Días, algunos piensan que tenemos un Dios propio, otros que adoramos a José Smith, también piensan que nuestro Dios es Mormón, y así muchas diferentes opiniones que son divulgadas por personas que no conocen acerca de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

En respuesta al interrogante de aquellos que desconocen nuestras creencias aclaramos que el centro de nuestra fe es JESUCRISTO, a Él adoramos, honramos y seguimos, el es la base de nuestra fe y la cabeza de la Iglesia.

En la Iglesia tenemos un serie de 13 artículos de fe que declaran cuales son nuestras creencias, el primero de ellos dice:

"Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo."
Como podemos observar desde la primera declaración de nuestra creencia decimos que creemos en Jesucristo, además que podemos observa que en el nombre de la Iglesia está el nombre de Jesucristo, todas las ordenanzas de la Iglesia las hacemos en el nombre de Jesucristo, oramos en el nombre de Jesucristo y todo lo que hacemos es con la mirada puesta en él.

Lo amamos y lo reconocemos como nuestro Salvador, sabemos que por su expiación, crucifixión y resurrección cada uno de nosotros tiene la posibilidad de ser perdonado de los pecados a través del arrepentimiento, y que podemos resucitar y regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial.

"Al igual que la estrella polar de los cielos, pese lo que depare el futuro, allí está el Redentor del mundo, el hijo de Dios, firme y seguro como el ancla de nuestra vida inmortal. Él es la roca de nuestra salvación, nuestra fortaleza, nuestro consuelo, el núcleo mismo de la fe." (Pte. Gordon B Hinckley, "Miramos a Cristo" Liahona, julio de 2002, pág.101.)
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DIOS ES VERDADERAMENTE NUESTRO PADRE

Artículo tomado de la Liahona de Enero de 2010, pág 14, de la nueva sección titulada "Lo que creemos".

Dios es Nuestro Padre Celestial, el Padre de nuestro espíritu. Junto con Él, formando parte de la Trinidad, están Jesucristo y el Espíritu Santo, y los tres son seres separados, con funciones diferentes, pero son uno en propósito. Ésta y muchas otras verdades ser perdieron después de la muerte de Jesucristo y de Sus Apóstoles, durante el período que se conoce como la Apostasía.

El Señor empezó a restaurar esas verdades en la primavera de 1820, cuando José Smith, el jovencito de catorce años, oró en una arboleda cercana a su casa en el municipio de Manchester, estado de Nueva York, para saber a qué Iglesia debía unirse. En respuesta a su oración, vio a Dios el Padre y a Jesucristo. El profeta José Smith escribió después lo siguiente sobre esa visión. "Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!" (José Smith - Historia 1:17)

El 16 de febrero de 1832, el Profeta y Sidney Rigdon recibieron una revelación y, para introducir dicha revelación, testificaron de Jesucristo y de Dios el Padre, diciendo: "Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de (Jesucristo), éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive! Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios: y oímos testificar que él es el unigénito del Padre" (DyC 76:22-23).

DOCTRINAS QUE TESTIFICAN DEL PADRE
  1. Somos creados a la imagen de Dios (véase Moisés 2:26).
  2. Dios es el Creador Supremo, y todas las cosas indican que hay un Dios. (Alma 30:44)
  3. Dios es nuestro Padre Celestial, literalmente el Padre de nuestro espíritu (Hebreos 12:9).
  4. Dios el Padre tiene un cuerpo tangible de carne y huesos (DyC 130:22).
  5. Nuestro Padre Celestial nos dio el Plan de salvación (Alma 34:9)
LAS FORMAS DE LLEGAR A CONOCER A NUESTRO PADRE CELESTIAL
  1. Deléitese en las Escrituras (2 Nefi 32:3).
  2. LLegar a conocer a Jesucristo (Juan 14:9).
  3. Obedezca los mandamientos de Dios y siga a los profetas (Juan 14:21; DyC 1:38).
  4. Con fe, ore a Dios en el nombre de Jesucristo (Santiago 1:5, 3 Nefi 18:20).
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SEÑALES DE LA SEGUNDA VENIDA

En esta ocasión quiero traerles un vídeo muy interesante titulado "Señales de la Segunda Venida", no quiero sonar alarmistas, pero estamos viviendo tiempos en donde se están cumpliendo muchas de estas señales, las cuales nos recuerdan que el Señor está cada día más cerca de volver a la tierra.


Espero que este vídeo nos sirva para meditar, y arreglar las cosas en nuestras vidas antes de que nos quede tiempo.


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JESUCRISTO ES JEHOVÁ

Algunos lectores del blog me han solicitado aclarar el punto de que si Jesucristo es Jehová, lo cual me parece un artículo muy interesante para desarrollar, cabe aclarar que en la publicación anterior titulada El Cristo Viviente, el profeta y los apóstoles de la Iglesia declaran: 

"Él fue el Gran Jehová del Antiguo Testamento y el Mesías del Nuevo Testamento. Bajo la dirección de Su Padre, Él fue el Creador de la tierra." 

Me gustaría poder preparar un mensaje bien desarrollado para hablar de este tema, lo cual prometo que haré un breve, pero para ir adelantándome al tema, quiero dejarles una presentación que expone escrituras tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamente, que ayudan a comprender mejor porque decimos que Jesucristo es Jehová.

Espero que la disfruten, y les pido un poco de paciencia en relación a la publicación de una artículo más extenso sobre el tema, pronto lo haré.

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NOSOTROS CREEMOS

¿Qué creen los Santos de los Últimos Días en cuanto a Jesucristo? ¿Resucitó literalmente de los muertos? ¿Volverá a la tierra en Su gloria? ¿Necesitan las personas Su gracia para ser salvas?

Éstas son algunas de las preguntas que las personas suelen hacer cuando entran por primera vez en contacto con la Iglesia o con sus miembros. Para responder a ellas, los miembros deben estar preparados, por encima de todo, para escuchar la guía del Espíritu Santo. No obstante, las respuestas breves que siguen a continuación pueden resultar útiles como punto de partida para formular sus respuestas.   

Las preguntas y respuestas en seguir leyendo.


¿Creen en Jesucristo como el personaje histórico que vivió y enseñó en la Tierra Santa, como se registra en la Biblia?

Sí. Creemos que Jesús nació de María, predicó en la Tierra Santa durante Su ministerio de unos tres años, murió en la cruz y resucitó de los muertos, tal como lo habían predicho los profetas durante siglos antes de Su venida (véase, por ejemplo, Génesis 49:10; Salmos 2:6–7; 22:16–18; 118:22; Isaías 7:14; Miqueas 5:2). Creemos que sufrió por los pecados de toda la humanidad y que los expió, haciendo así posible el arrepentimiento y el perdón (véase Isaías 53:4–6). Creemos que venció la muerte y que, mediante Su poder, todo hombre y mujer resucitarán con un cuerpo físico (véase Romanos 6:5; 8:11). Creemos que mediante la obediencia a los principios de Su evangelio, todo hijo y toda hija de Dios que viene a la tierra puede alcanzar la salvación y volver a vivir con nuestro Padre y Su Hijo en el reino celestial (véase 1 Pedro 3:18; Artículos de Fe 1:3). 

¿Creen que el Señor resucitó literalmente de los muertos? 

Sí. Como lo testifican Sus apóstoles en la Biblia, cientos de testigos vieron a Jesucristo con Su cuerpo resucitado (véase Lucas 24:39; Juan 20:20; 1 Corintios 15:3–8). Como Ser resucitado, ejerció Su ministerio entre miles de Sus “otras ovejas” (Juan 10:16) en las Américas, les mostró las heridas de Sus manos, de Sus pies y de Su costado y les enseñó durante muchos días (véase 3 Nefi 11–28).

En 1820, se apareció junto a Su Padre a José Smith, hijo. El Señor guió a ese joven profeta para que restaurara Su Iglesia y Su evangelio, ya que, tras la muerte de los antiguos apóstoles, habían sido alterados de acuerdo con las filosofías de los hombres. José Smith y uno de sus compañeros ofrecieron este testimonio de Jesucristo en 1832: “…¡[Él] vive! Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre” (D. y C. 76:22–23).  

¿Creen que vendrá de nuevo a la tierra en Su gloria?

Sí. Las Sagradas Escrituras testifican de ello: “Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hechos 1:11). “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo” (Job 19:25). “[Vendrá] en las nubes del cielo para reinar en la tierra sobre su pueblo” (D. y C. 76:63).

Además, creemos que, gracias a Su resurrección, también nosotros recuperaremos nuestro cuerpo físico: “Y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios” (Job 19:26). “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22). “…la muerte de Cristo desatará las ligaduras de esta muerte temporal, de modo que todos se levantarán de esta muerte. El espíritu y el cuerpo serán reunidos otra vez en su perfecta forma…” (Alma 11:42–43).  

¿Creen que Su gracia es necesaria para nuestra salvación?

Sin duda alguna. Sin la gracia de Jesucristo, nadie podría ser salvo ni recibir las bendiciones eternas (véase Romanos 3:23–24). Mediante Su gracia, todos resucitarán y todos los que creen y le siguen tendrán la vida eterna (véase Juan 3:15). Además, mediante Su gracia, nuestra relación sagrada con nuestro cónyuge y con nuestra familia puede perpetuarse por toda la eternidad (véase Mateo 16:19; 1 Corintios 11:11; D. y C. 132:19). Estas bendiciones eternas son Sus dádivas a nosotros; no hay nada que pudiéramos hacer por nosotros mismos para merecerlas o ganárnoslas.

Sin embargo, las Escrituras dejan muy claro que recibimos la plenitud de las bendiciones por Su gracia mediante nuestra fe y obediencia a Sus enseñanzas. El apóstol Pablo enseña que no podemos salvarnos a nosotros mismos, sino que necesitamos la gracia del Señor: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:8–10).

Santiago explica lo siguiente: “Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma… Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Santiago 2:17, 24). Así se explica que el Salvador le dijera al joven rico que había sido obediente y deseaba la vida eterna, que todavía le quedaba algo por hacer (véase Mateo 19:16–22; Lucas 18:18–23). Los Santos de los Últimos Días creen que la gracia de Cristo se extiende en toda su abundancia a aquellos que creen en Él y hacen las obras que Él enseña. “…sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos” (2 Nefi 25:23; cursiva agregada).

Aunque nuestras buenas obras no pueden limpiarnos del pecado, sí muestran la sinceridad de nuestra fe en Jesucristo y nuestra fidelidad al camino que Él recorrió. 

¿Creen que José Smith es, en cierta manera, tan importante como Jesucristo a la hora de salvar a las personas?

No. José Smith fue un profeta importante en la historia de la humanidad. La obra que llevó a efecto bajo la dirección divina trajo a la tierra las bendiciones y el conocimiento que se habían otorgado a los profetas de Dios y a sus seguidores en los tiempos del Antiguo y del Nuevo Testamento, pero que se habían perdido. José Smith fue, a semejanza de los profetas antiguos, un siervo del Señor Jesucristo que enseñó que la salvación y todas las bendiciones de la eternidad solamente se podían lograr por medio de nuestro Salvador:
 “Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y de los profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente apéndices de eso”. En otra ocasión, el Profeta enseñó: “Al considerar la santidad y la perfección de nuestro gran Maestro, que ha abierto un camino por el cual podamos venir a Él, aun con el sacrificio de Sí mismo, nuestro corazón se enternece ante Su condescendencia”. 

Ver también:
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LOS TEMPLOS Y LOS CENTROS DE REUNIONES

El Rincón Sud les trae un vídeo en donde la Iglesia explica el propósito y uso de los templos y centros de reuniones.



Que podamos disfrutar y cuidar de nuestros templos y capillas, que podamos recordar siempre que son lugares sagrados de adoración y que el señor nos bendice con ellos para que podamos adorarle.
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LA ORACIÓN Y EL HORIZONTE AZUL

Mensaje de la Primera Presidencia del Mes de Junio de 2009.

POR EL ELDER DIETER F. UCHTDORF
Liahona Junio 2009, págs. 3 – 5


Una de las cosas que más me gustaban de volar en avión era salir de un aeropuerto oscuro y lluvioso, ascender através de espesas y amenazantes nubes de invierno y, entonces, repentinamente, traspasar la oscura neblina y ganar una pronunciada altitud hacia el sol brillante y un interminable cielo azul.

A menudo me maravillaba la semejanza que existe entre este fenómeno físico y nuestra vida. ¿Cuán a menudo nos encontramos en medio de nubes amenazantes y un clima tormentoso preguntándonos si en algún momento la oscuridad se desvanecerá? ¡Si tan sólo existiera la manera de elevarnos por encima de la confusión de la vida y abrirnos camino hacia un lugar de paz y tranquilidad!

Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días sabemos que esto es posible: existe el modo de elevarse por encima de las turbulencias de la vida cotidiana. El conocimiento, la comprensión y la guía que recibimos gracias a la palabra de Dios y a la guía de los profetas de la actualidad nos muestran la manera precisa de hacerlo.

Fuerza propulsora
A fin de lograr que un avión despegue, debe producirse la fuerza propulsora. En aerodinámica, la fuerza propulsora se produce cuando el aire pasa sobre las alas de un avión de manera tal que la presión que hay debajo del ala sea mayor que la presión que hay sobre ella. Cuando la fuerza propulsora supera a la fuerza de la gravedad, el avión se levanta del suelo y empieza a volar.

De manera semejante, nosotros podemos crear una fuerza propulsora en nuestra vida. Cuando la fuerza que nos empuja en dirección el cielo es mayor que las tentaciones y la aflicción que nos arrastran hacia abajo, podemos ascender y remontarnos al reino del Espíritu.

Los diccionarios describen la fuerza propulsora como la fuerza que lleva o dirige a un objeto de una posición inferior a una superior; el poder o la fuerza disponible para elevar a un nuevo nivel o altitud; una fuerza que actúa en una dirección ascendente, que resiste la gravedad.

El salmista tiene la mira puesta en algo mucho más alto: “A ti, oh Jehová, levantaré mi alma” (Salmos 25:1) y “Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová” (Salmos 121:1–2).

Alzamos nuestros ojos hacia el Dios del cielo al cultivar nuestra propia espiritualidad; lo hacemos al vivir en armonía con el Padre; el Hijo, nuestro Salvador; y el Espíritu Santo; lo hacemos al esforzarnos por ser verdaderamente “sumiso[s], manso[s], humilde[s], paciente[s], lleno[s] de amor y dispuesto[s] a someter[nos] a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre [nosotros], tal como un niño se somete a su padre” (Mosíah 3:19).
La oración sincera del corazón justo
Si bien hay muchos principios del Evangelio que nos ayudan a lograr la fuerza propulsora, quisiera centrarme en uno en particular. La oración es uno de los principios del Evangelio que nos ayuda a elevarnos.

La oración tiene el poder de elevarnos por encima de las preocupaciones del mundo, de llevarnos más allá de las nubes de desesperación y oscuridad, hacia un horizonte resplandeciente y despejado. Una de las más grandes bendiciones, privilegios, y oportunidades que tenemos como hijos de nuestro Padre Celestial es que podemos comunicarnos con Él. Podemos hablar con Él de las experiencias, pruebas y bendiciones de nuestra vida. Podemos escuchar para recibir guía celestial por medio del Espíritu Santo. Podemos ofrecer nuestras peticiones al cielo y recibir la seguridad de que nuestras oraciones han sido escuchadas y de que Él las contestará como Padre amoroso y sabio.

Las oraciones que ascienden más allá del techo son aquellas que son sinceras y en las cuales se evitan las repeticiones o las palabras que se dicen sin considerarlas detenidamente. Nuestras oraciones deben surgir de nuestro anhelo más profundo de ser uno con nuestro Padre que está en los cielos. La oración, cuando se ofrece con fe, es aceptable para Dios en todo momento. Si en alguna ocasión sienten que no pueden orar, ése es el momento en que definitivamente deben orar y ejercitar la fe.

Nefi enseñó con sencillez: “Si escuchaseis al Espíritu [de Dios] que enseña al hombre a orar, sabríais que os es menester orar; porque el espíritu malo… le enseña que no debe orar” (2 Nefi 32:8).

El presidente Harold B. Lee (1899–1973) enseñó: “La oración sincera del corazón recto abre a toda persona la puerta de la sabiduría divina y de la fortaleza para lograr aquello que tan justamente busca”.

¿Se contestan las oraciones? Testifico que así es. ¿Podemos recibir ayuda, sabiduría y apoyo divinos de los reinos celestiales? Una vez más, testifico que realmente así es.

La obediencia nos garantiza la respuesta a nuestras oraciones. En el Nuevo Testamento, leemos que “cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Juan 3:22).

Las respuestas a nuestras oraciones llegan en el debido tiempo del Señor. A veces quizá sintamos frustración debido a que el Señor ha demorado en contestar nuestras oraciones. En esas ocasiones, debemos entender que Él sabe lo que nosotros no sabemos; Él ve lo que nosotros no vemos. Confiemos en Él. Él sabe lo que es mejor para Sus hijos; y, como es un Dios perfecto, Él contestará nuestras oraciones de manera perfecta y en el momento perfecto.

En otras ocasiones, las respuestas a nuestras oraciones llegarán en seguida. El profeta José Smith aprendió lo siguiente en una revelación que le fue dada en Kirtland en 1831: “El que pide en el Espíritu, pide según la voluntad de Dios; por tanto, es hecho conforme a lo que pide” (D. y C. 46:30; cursiva agregada). ¡Qué grandiosa promesa!

Una nueva visión La oración es un don celestial que tiene por objeto ayudarnos a alcanzar la fuerza propulsora espiritual; realza y cultiva nuestra relación con Dios. ¿No es grandioso que podamos conversar con la suprema Fuente de sabiduría y compasión del universo en cualquier momento que deseemos y en cualquier lugar?

La oración diaria, sencilla, sincera y poderosa nos permite elevarnos a una altitud espiritual superior. En nuestras oraciones alabamos a Dios, le damos gracias, confesamos nuestras debilidades, exponemos nuestras necesidades y expresamos profunda devoción a nuestro Padre Celestial. Al realizar este esfuerzo espiritual en el nombre de Jesucristo el Redentor, somos investidos con más inspiración, revelación y rectitud que traen el brillo del cielo a nuestra vida.

Recuerdo los días en que era piloto y las ocasiones en que las nubes espesas y los truenos amenazantes hacían que todo pareciera oscuro y deprimente. A pesar de cuán lóbrego parecía todo desde mi punto de vista terrenal, sabía que, por encima de las nubes, el sol resplandecía con fulgor, como una joya deslumbrante en un océano de cielos azules. Yo no tenía fe en que tal fuera el caso: sabía que así era. Lo sabía porque lo había experimentado por mí mismo; no tenía que confiar en las teorías ni en las creencias de otras personas. Lo sabía.

Tal como la fuerza propulsora aerodinámica puede transportarnos por encima de las tormentas más remotas del mundo, sé que los principios de la fuerza propulsora espiritual pueden elevarnos por encima de las tormentas interiores de la vida. Y sé algo más. A pesar de que fue una experiencia impresionante el traspasar las nubes y volar hacia el horizonte azul, eso no es nada comparado con las maravillas de lo que todos podemos experimentar al elevar nuestro corazón en humilde y ferviente oración.

La oración nos ayuda a superar las épocas tormentosas; nos ayuda a vislumbrar ese cielo azul que no podemos ver desde nuestro punto de vista terrenal y nos revela una nueva visión: un horizonte glorioso y espiritual lleno de esperanza y la convicción de las grandes bendiciones que el Señor les ha prometido a aquellos que lo aman y lo siguen.
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EL LIBRO DE MORMON: OTRO TESTAMENTO DE JESUCRISTO

Artículo tomado del sitio FARMS - Neal A. Maxwell Institute.
por John A. Tvedtnes
Traducido por Estrella La Font Díaz

Uno de los libros más populares del mundo, después de la Biblia, es el Libro de Mormón. Desde que saliera a la luz, por vez primera, en 1830, se han publicado unos 78 millones de ejemplares en 94 idiomas; tan sólo en 1997 se distribuyeron más de cuatro millones de ejemplares.

La historia del Libro de Mormón comenzó en la primavera de 1820, cuando un muchacho estadounidense de catorce años llamado José Smith fue a orar a un bosque que se encontraba cerca de la granja de su familia, en el estado de Nueva York, en Estados Unidos. Él explicó cómo Dios el Padre y su hijo Jesucristo se le aparecieron y dieron respuesta a las preguntas que tenía en lo tocante al tema de la religión. Este fue el principio de su llamamiento como profeta contemporáneo.

Tres años después, se encontraba de nuevo orando cuando recibió la visita de un ángel que le dijo que se llamaba Moroni. "Dijo que se hallaba depositado un libro," escribió José Smith más adelante, "escrito sobre planchas de oro, el cual daba una relación de los antiguos habitantes de este continente [americano], así como del origen de su procedencia. También declaró que en él se encontraba la plenitud del evangelio eterno el cual el Salvador lo había comunicado a los antiguos habitantes. (José Smith-Historia 1:34)

Se le dijo que las planchas de oro estaban escritas en egipcio reformado y que las habían escondido y enterrado en la ladera de una colina que se encontraba cerca del hogar de José, en una caja cuadrada de piedra cubierta por otra piedra redonda más grande. Con el registro se encontraba un antiguo pectoral que contenía dos piedras llamadas Urim y Tumim, que el Señor había preparado para ayudar a José Smith a traducir el antiguo registro. (En la época de la Biblia, los israelitas recibían revelación de Dios mediante el Urim y el Tumim, que el sumo sacerdote llevaba sujetos a un pectoral; cf. Éxodo 28:30. Números 27:21).

Los escritos que se encontraban en las planchas de oro narraban la historia de un antiguo profeta israelita llamado Lehi, que vivió en Jerusalén seiscientos años antes de Cristo. Dios avisó a Lehi de que se aproximaba la destrucción de la ciudad a manos de los babilonios y le dijo que se marchara con su familia y algunos amigos.

Vivieron en tierras deshabitadas por las que viajaron durante ocho años. Cuando llegaron al mar, probablemente en la costa sur de la Península Arábica, el Señor les mandó que construyeran un barco en el cual navegaron hasta las Américas. La mayor parte de los estudiosos que aceptan el Libro de Mormón creen que ellos y sus descendientes habitaron principalmente en lo que actualmente es el sur de México y Guatemala.

Una vez en el Nuevo Mundo, este grupo no tardó mucho en dividirse en dos naciones: una de ellas se llamó nefita, en honor del nombre de Nefi, uno de los hijos de Lehi; la otra se denominó lamanita, por ser seguidores de Lamán, hermano de Nefi. Durante los siglos posteriores se produjeron muchas disputas entre ambas naciones. La mayor parte del tiempo los nefitas fueron justos y escucharon a una serie de profetas que predijeron la venida de Cristo y que explicaron detalladamente la Expiación que Él llevaría a cabo. Durante la mayor parte de su historia, los lamanitas no creyeron en Cristo, mientras que los nefitas guardaron por escrito su historia y sus creencias religiosas. El Libro de Mormón contiene un compendio de dichos escritos. Es debido a sus comentarios doctrinales acerca de la Expiación de Jesucristo por lo que se dice que el Libro de Mormón contiene "la plenitud del evangelio" (José Smith-Historia 1:34; Doctrina y Convenios 20:9; 27:5; 42:12; 135:3).

De las muchas historias de las que habla el Libro de Mormón, la más importante trata de cómo Cristo se apareció a su pueblo del continente americano después de su resurrección y ascensión a los cielos. Les enseñó los mismos principios que había enseñado a sus discípulos judíos del Viejo Mundo y organizó la iglesia entre ellos, eligiendo a doce discípulos, los cuales, según Él dijo, iban a ser juzgados, en los últimos días, por los doce apóstoles que Él había elegido durante su ministerio mortal en Tierra Santa. Aún antes de volver a su Padre, Jesús continuó revelando sus deseos a los discípulos nefitas. A su visita le siguió una era de paz durante la cual nefitas y lamanitas vivieron unos doscientos años como un solo pueblo.

Finalmente, la paz se vio quebrantada por el pecado y antes del cuarto siglo después de Cristo, volvieron a producirse nuevas guerras entre las dos naciones. Sabiendo que su pueblo iba a ser destruido pronto por los lamanitas, un profeta nefita llamado Mormón preparó un compendio de los anales sagrados de su pueblo y los dejó en las manos de su hijo Moroni para que los enterrara en un lugar donde Dios los preservaría hasta que otro profeta fuera llamado para traducirlos. Este era el mismo Moroni que, como ángel de Dios, se le apareció a José Smith 1.400 años después.

Los profetas que guardaron los anales que luego se convertirían en el Libro de Mormón testificaban de Cristo tanto antes como después de su venida. El primero de ellos, Nefi, escribió: "Y ahora bien, mis amados hermanos, y también vosotros los judíos y todos los extremos de la tierra, escuchad estas palabras y creed en Cristo; y si no creéis estas palabras, creed en Cristo. Y si creéis en Cristo, creeréis en estas palabras, porque son las palabras de Cristo, y él me las ha dado, y enseñan a todos los hombres que deben hacer lo bueno" (2 Nefi 33:10). Cien años después, en su prefacio, Mormón escribió que el propósito de este libro era "convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo, el eterno Dios, que se manifiesta a sí mismo a todas las naciones." Por esta razón en 1987, se le dio al Libro de Mormón el subtítulo de "Otro Testamento de Jesucristo."

Las planchas de las que se tradujo el Libro de Mormón fueron devueltas al ángel antes de que se publicara la traducción en inglés. Pero varias personas más las vieron y las tocaron. Entre estas personas hubo tres testigos, Oliverio Cowdery, David Whitmer y Martín Harris, que dieron testimonio de que el ángel Moroni les había enseñado las planchas y el pectoral con el Urim y el Tumim; testificaron que el ángel había pasado las hojas una a una para que pudieran ver los grabados que había en ellas; también declararon que habían oído la voz de Dios, proveniente del cielo, que les dijo que la traducción del registro era correcta. En otra ocasión, José Smith llevó a un grupo de otros ocho hombres al bosque, donde les enseñó las planchas y les permitió cogerlas y pasar las páginas. Todos estos hombres hicieron un relato escrito de sus experiencias, que aparece al comienzo del Libro de Mormón. Aunque, más tarde, algunos de ellos se alejaron de José Smith y ya no le apoyaron más, nunca negaron su testimonio, y muchos de ellos continuaron reafirmándolo hasta su muerte.

Durante el transcurso de la traducción del Libro de Mormón, José Smith y su escriba, Oliverio Cowdery, oraron en cuanto a algunas de las cosas que encontraron en el texto, como por ejemplo la necesidad de un bautismo realizado por la autoridad apropiada del sacerdocio. A José se le había dicho, en su visión de 1820, que esta autoridad se había perdido en la tierra, pero que sería restaurada en un futuro próximo. El 15 de Mayo de 1829, cuando estaban orando en el bosque, al lado del río Susquehanna, cerca de Harmony, Pennsylvania, José y Oliverio recibieron la visita de Juan el Bautista, ahora resucitado, quien había bautizado a Cristo unos dieciocho siglos antes. Juan puso sus manos sobre sus cabezas y les ordenó al Sacerdocio Aarónico, confiriéndoles así autoridad para bautizar. En el transcurso de algunas semanas después de este suceso, tres apóstoles de la antigüedad, Pedro, Santiago y Juan, vinieron y ordenaron a los jóvenes al Sacerdocio de Melquisedec, lo que les daba autoridad para imponer las manos y otorgar el don del Espíritu Santo, así como para volver a organizar la Iglesia de la antigüedad.

El seis de abril de 1830, se organizó oficialmente la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en Fayette, Nueva York, reconociéndose a José Smith como profeta de Dios. Durante los años siguientes la iglesia creció y se restauraron varios oficios del sacerdocio; entre éstos se incluían los de apóstol, setenta, patriarca, obispo, élder, presbítero, maestro y diácono, todos los cuales se conocían en la antigua Iglesia Cristiana.

A partir de este pequeño comienzo, la Iglesia ha crecido hasta tener más de diez millones de miembros en más de 200 países. Casi la mitad de ellos se encuentran en América Latina y en las naciones que bordean al Océano Pacífico. Una cuarta parte de los miembros de la Iglesia son de habla hispana y se espera que, con el rápido crecimiento en la América Latina, el español llegará a ser algún día la lengua fundamental de la Iglesia. El portugués, el tercer idioma más utilizado entre los Santos de los Últimos Días, sólo se habla por uno de cada diecisiete miembros.

Frecuentemente a los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se les llama incorrectamente "mormones" porque creen en el Libro de Mormón; pero son seguidores de Jesucristo, no de Mormón que fue un siervo de Cristo. Aceptan tanto la Biblia como el Libro de Mormón, pero también creen en la revelación moderna. El octavo artículo de fe de la iglesia declara: "Creemos que la Biblia es la palabra de Dios hasta donde este traducida correctamente: también creemos que el Libro de Mormón es la palabra de Dios." El noveno artículo declara: "Creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios."

Durante los próximos meses, examinaremos algunos de los contenidos del Libro de Mormón y los compararemos con lo que se conoce de la Biblia y con los descubrimientos históricos y arqueológicos que se han producido desde la época de José Smith. Comenzaremos viendo cómo el Libro de Mormón nos ayuda a entender la Biblia como registro histórico y como la palabra de Dios. Después de esto, estudiaremos el origen del Libro de Mormón, que compararemos con el de otros documentos antiguos que han sido descubiertos a lo largo del último siglo, como es el caso de los rollos de pergamino del Mar Muerto. Después examinaremos varios aspectos de las investigaciones actuales que se están haciendo sobre el Libro de Mormón, incluyendo sus orígenes lingüísticos y su relación con el antiguo Israel.
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LIBRES PARA...

Nuevo video publicado por la Iglesia en el canal Mormon Messages titulado "Libres para...". En este video diferentes personas expresan sus pensamientos y sentimientos acerca de la libertad.

Y para ti que es la libertad?



También puedes encontrar este vídeo en el canal Mormon Messages, en la sección de videos de Mensajes Mormones de El Rincón Sud o en el Canal de YouTube de El Rincón Sud.
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EL MODO DE VESTIR Y LA APARIENCIA

En el día de hoy quiero compartir una entrada acerca de un tema que he estado meditando mucho en estos días, y es referido a la modestia en la el vestir y la apariencia. Esto se debe a algunas fotos que he podido ver de amigos y conocidos de la Iglesia, en donde aparentemente se han olvidado de las normas de modestia que el Señor ha dictado a través de sus profetas, dejando estas de lado a fin de vestirse conforme a las modas del mundo.

Es por lo anteriormente dicho que quiero compartir el apartado de "La Fortaleza Para la Juventud", pág 14, titulado "El modo de vestir y la apariencia", normas que se dan para nuestros jóvenes pero que como mayores y ejemplos para la juventud también debemos acatar.

Después de leer este mensaje, sería importante que nos replanteemos si es apropiados que las mujeres vistan bikinis como trajes de baño, que usemos musculosas, shorts cortos, vestidos cortos, minifaldas, tatuajes, pircings y demás modas que no son las aprobadas por el Señor.

Si vemos que en nuestras vidas no estamos siendo obedientes y modestos, tenemos el consuelo de que podemos arrepentirnos y dejar atrás el error. Y la primer manera de hacerlo es revisar nuestros placares y desechar lo que es inmodesto.

"EL MODO DE VESTIR Y LA APARIENCIA"

No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?… el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:16–17).


Tu cuerpo es la creación sagrada de Dios; respétalo como un don de Dios y no lo profanes de ninguna manera. Mediante tu modo de vestir y tu apariencia le demuestras al Señor que sabes cuán valioso es tu cuerpo; puedes demostrar que eres un discípulo o una discípula de Jesucristo.

Los profetas de Dios siempre han aconsejado a Sus hijos a vestir con modestia. Tu modo de vestir es un reflejo de lo que eres en tu interior. Tu vestimenta y apariencia general comunican a los demás la clase de persona que eres e influyen en la forma en que tú y los demás se comportan. Cuando estás bien arreglado o arreglada y vistes de manera recatada invitas la compañía del Espíritu y puedes ejercer una buena influencia en las personas que te rodean.

Nunca rebajes tus normas del vestir para ninguna ocasión; si lo haces, transmites el mensaje que estás haciendo uso de tu cuerpo para obtener atención y aprobación, y que la modestia es importante únicamente cuando es conveniente.

Entre la ropa inmodesta se cuentan los “shorts” y las faldas sumamente cortos, ropa ajustada, camisas o blusas que no cubren el estómago y otras prendas atrevidas. Las jovencitas deben llevar prendas que cubran los hombros y evitar ropa sumamente escotada por delante o por detrás, o que sea atrevida de cualquier otra manera. Los jóvenes también deben mantener la modestia en su apariencia. Todos deben evitar ser extremistas en el vestir, en la apariencia y en el peinado. Sé siempre pulcro y limpio o pulcra y limpia y evita el andar desaliñado o desaliñada o el ser inapropiadamente informal en el vestir, en el arreglo personal y en la conducta. Hazte la siguiente pregunta: “¿Me sentiría cómodo o cómoda con mi apariencia si me encontrara en la presencia del Señor?”.

Algún día recibirás la investidura en el templo. Tu forma de vestir y tu comportamiento deben ayudarte en tu preparación para esa sagrada ocasión.

No te desfigures con tatuajes ni perforaciones en el cuerpo. Si las mujeres desean perforarse las orejas, se les alienta a que usen únicamente un par de aretes (pendientes, zarcillos, aros) modestos.

Viste de manera apropiada para las reuniones y actividades de la Iglesia, ya sea los domingos o durante la semana, a fin de demostrar respeto hacia el Señor y hacia ti mismo o hacia ti misma. Si no estás seguro o segura de lo que es apropiado, solicita la ayuda de tus padres o de tus líderes.
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EL DOMINGO LLEGARÁ

El Rincón Sud les trae el nuevo vídeo publicado en Mormon Messages, titulado "El domingo llegará", mensaje brindado por Joseph B. Wirthlin, quien fue miembro del Quórum de los Doce Apóstoles hasta diciembre de 2008, cuando falleció.

En este vídeo Elder Wirthlin hace una semejanza de la expiación, muerte y resurrección de Jesucristo, con los sufrimientos en nuestra vida, diciendo que como así Cristo sufrió y murió el día viernes, del mismo modo el domingo resucitó, dándonos de esta manera la esperanza de que un día nuestras cargas se verán aliviadas.




También puedes encontrar este vídeo en el canal Mormon Messages, en la sección de videos de Mensajes Mormones de El Rincón Sud o en el Canal de YouTube de El Rincón Sud.
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LA EXPIACIÓN DE JESUCRISTO

Mensaje tomado del sitio web Jesus Christ, The Son of God.

Por el Elder Jeffrey R. Holland
Del Consejo de los Doce Apóstoles

En el huerto de Getsemaní

Cuando era un joven misionero, el élder Orson F. Whitney (1855–1931), que más tarde prestó servicio en el Quórum de los Doce Apóstoles, tuvo un sueño tan intenso que cambió su vida para siempre. Más adelante escribió lo siguiente:

“Una noche soñé… que me hallaba en el huerto de Getsemaní, presenciando la agonía del Salvador… Me hallaba detrás de un árbol, en primer plano. Jesús, en compañía de Pedro, Santiago y Juan, pasó por una pequeña portezuela situada a mi derecha, y luego de dejar a los tres apóstoles allí y después de decirles que se arrodillaran y oraran, Él se fue hacia el otro lado, donde también se arrodilló y oró:‘…Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú’.

“Mientras oraba, las lágrimas le bañaban el rostro, que se hallaba en dirección a mí. Tanto me conmovió lo que estaba presenciando, que también lloré, movido por la lástima que en mí provocaba Su gran pesar. Todo mi corazón estaba con Él. Lo amaba con toda mi alma y anhelaba estar con Él como jamás he deseado nada en mi vida.

“Poco después se levantó y caminó hasta donde los apóstoles estaban arrodillados… ¡y dormidos! Los sacudió con dulzura, los despertó y, con un tono de tierno reproche, totalmente desprovisto de la menor intención de ira o reprimenda, les preguntó si acaso no podían velar con Él al menos una hora…

“Regresó a su sitio, oró de nuevo y volvió para encontrarlos nuevamente dormidos. Una vez más los despertó, los amonestó y volvió a orar como había hecho antes. Eso sucedió en tres ocasiones, hasta que me familiaricé perfectamente con Su apariencia, Su rostro, Su forma y Sus movimientos. Era de estatura noble y porte majestuoso… como el Dios que fue y es, pero a la vez manso y humilde como un niño.

“De repente, la situación pareció cambiar… ahora, ya había tenido lugar la Crucifixión y el Salvador, junto con esos tres apóstoles, se encontraban, en grupo, a mi izquierda. Estaban a punto de partir y de ascender al cielo. Ya no pude soportarlo más; salí corriendo de detrás del árbol, caí a Sus pies, me abracé a Sus rodillas y le supliqué que me llevara con Él.

“Jamás olvidaré la forma tierna y bondadosa en que se inclinó, me levantó y me abrazó. Era tan vívido, tan real, que pude sentir el calor de Su pecho, contra el cual tenía recostada la cabeza. Entonces me dijo: ‘No, hijo mío; ellos han terminado su obra y pueden acompañarme, pero tú debes quedarte y terminar la tuya’. Aún me hallaba abrazado a Él y, con la mirada elevada hacia Su rostro —pues era más alto que yo—, le supliqué de todo corazón: ‘Al menos prométeme que al final iré contigo’. Sonrió dulce y tiernamente y dijo: ‘Eso dependerá totalmente de ti’. Desperté con un sollozo en la garganta, y ya había amanecido”.

El porqué de la Expiación

Ese vistazo tierno y personal del amoroso sacrificio del Salvador es una introducción apropiada para explicar el significado de la expiación de Jesucristo. En verdad, la expiación del Unigénito Hijo de Dios en la carne es el fundamento crucial sobre el cual descansa toda la doctrina cristiana y la expresión más grandiosa de amor divino que ha recibido este mundo en toda su existencia. El énfasis que se le da en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días nunca se podría calificar de exagerado. El significado de todo otro principio, mandamiento y virtud del Evangelio restaurado depende de este acontecimiento fundamental.

La Expiación fue el acto preordenado pero voluntario del Hijo Unigénito de Dios, en el cual Él ofreció Su vida y Su angustia espiritual como rescate redentor por los efectos que tuvo la caída de Adán sobre toda la humanidad y por los pecados personales de todos los que se arrepintieran.

La acepción literal del vocablo inglés atonement [expiación] lo explica por sí mismo: “at-one-ment” [unirse en uno], o sea, la unión de las cosas que hayan estado separadas o apartadas. La expiación de Jesucristo era indispensable debido a la separación producida por la transgresión, o caída, de Adán, que trajo al mundo dos tipos de muerte cuando él y Eva comieron el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. La muerte física trajo la separación del espíritu y el cuerpo; y la muerte espiritual, la separación de la presencia de Dios, tanto del cuerpo como del espíritu. Como resultado de la Caída, todas las personas nacidas en la tierra iban a sufrir ambos tipos de muerte. Pero debemos recordar que la Caída formaba parte esencial del plan divino del Padre Celestial; sin ella, Adán y Eva no hubieran dado nacimiento a ningún ser mortal, y no hubiera habido ninguna familia humana que experimentara la oposición y el progreso, el albedrío moral ni el gozo de la resurrección, la redención y la vida eterna.

La necesidad de esa Caída y de una expiación que compensara sus efectos se explicó en un concilio preterrenal que tuvo lugar en el cielo, al que asistieron los espíritus de toda la familia humana y el cual presidió Dios el Padre. Fue en ese escenario preterrenal que Cristo se ofreció voluntariamente para honrar el albedrío moral de toda la humanidad al mismo tiempo que expiaría sus pecados. Al hacerlo, devolvería al Padre toda la gloria por tal acto de amor y redención.

Esa expiación infinita de Cristo fue posible porque: (1) Él era el único hombre sin pecado que iba a vivir en esta tierra y, por lo tanto, no estaba sujeto a la muerte espiritual causada por el pecado; (2) Él era el Unigénito del Padre y, por ese motivo, poseía los atributos divinos de un dios, que le dieron poder sobre la muerte física; y (3) en el concilio preterrenal, aparentemente Él era el único suficientemente humilde y dispuesto a ser preordenado para prestar ese servicio.

Los dones de la expiación de Cristo

Algunos de los dones que recibimos gracias a la Expiación son universales, infinitos e incondicionales; entre éstos se cuenta Su rescate de la transgresión original de Adán, a fin de que no se hiciera responsable de aquel pecado a ningún miembro de la familia humana. Otro don universal es la resurrección de los muertos de todo hombre, mujer y niño que viva ahora, que haya vivido y que viva después en la tierra.

Otros aspectos del don expiatorio de Cristo son condicionales y dependen de la diligencia que se tenga para cumplir los mandamientos de Dios. Por ejemplo, aun cuando todos los miembros de la familia humana reciben gratuitamente una absolución del pecado de Adán, sin tener que poner nada de su parte, no se les concede absolución de sus propios pecados a menos que prometan tener fe en Cristo y se arrepientan de esas transgresiones, que sean bautizados en Su nombre, reciban el don del Espíritu Santo y sean confirmados como miembros de la Iglesia de Cristo, y que avancen con fiel perseverancia durante el resto de su jornada por la vida. Sobre ese desafío individual, Cristo dijo:

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

“mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo”.

Más aún, aunque la resurrección del cuerpo es un don gratuito y universal de Cristo, un resultado de Su victoria sobre la muerte, la naturaleza del cuerpo resucitado (o sea, el “grado de gloria” que reciba), así como el momento de resucitar de cada uno, dependen directamente de la fidelidad que se tenga en esta vida. El apóstol Pablo dejó en claro, por ejemplo, que en la resurrección los que se dediquen a Cristo completamente “resucitarán primero”. La revelación moderna aclara las diferentes clases de cuerpos resucitados, prometiendo el grado más alto de gloria sólo a los que obedezcan los principios y ordenanzas del evangelio de Jesucristo.

Por supuesto, ni las bendiciones incondicionales ni las condicionales de la Expiación están a nuestro alcance, si no fuera por medio de la gracia de Cristo. Obviamente, las bendiciones incondicionales de la Expiación no se ganan, pero las condicionales tampoco se ganan únicamente por méritos; si se vive fielmente y se guardan los mandamientos de Dios, se pueden recibir privilegios extras; no obstante, éstos se nos dan por magnanimidad, no porque los ganemos oficialmente. En el Libro de Mormón, se afirma con énfasis que “ninguna carne puede morar en la presencia de Dios, sino por medio de los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías”.

Por esa misma gracia, Dios pone a disposición la salvación para los niños pequeños, las personas mentalmente discapacitadas, las que vivan sin haber oído el evangelio de Jesucristo, etc.; ellos son redimidos por el poder universal de la expiación de Cristo y tendrán la oportunidad de recibir la plenitud del Evangelio después de la muerte, en el mundo de los espíritus, donde éstos residen esperando la resurrección.

El sufrimiento y el triunfo

A fin de cumplir con los requisitos de la Expiación, el Cristo sin pecado fue al huerto de Getsemaní, como lo vio el élder Whitney en su sueño, para sufrir la agonía de alma que solamente Él podía soportar. Allí “comenzó a entristecerse y a angustiarse”, diciendo a Pedro, Santiago y Juan: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte”. ¿Por qué? Porque sufrió “los dolores de todos los hombres, sí, de toda criatura viviente, tanto hombres como mujeres y niños, que pertenecen a la familia de Adán”. Él experimentó “tentaciones, y dolor en el cuerpo, hambre, sed y fatiga, aún más de lo que el hombre puede sufrir sin morir; pues he aquí, la sangre le [brotó] de cada poro, tan grande [era] su angustia…”.

Por medio de ese sufrimiento, Jesús redimió las almas de todos los hombres, mujeres y niños, “para que sus entrañas sean llenas de misericordia, según la carne, a fin de que sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos”. Para ello, Cristo “descendió debajo de todo” —incluso de toda clase de padecimiento, enfermedad y triste desaliento por los que pasa todo ser mortal— para que pudiera comprender “todas las cosas, a fin de que estuviese en todas las cosas y a través de todas las cosas, la luz de la verdad”.

La extrema soledad y el dolor insoportable de la Expiación que comenzaron en Getsemaní alcanzaron su intensidad máxima cuando, después de sufrir indecible tortura a manos de los soldados romanos y de otras personas, Cristo exclamó desde la cruz: “…Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. En las profundidades de aquella angustia, hasta la naturaleza misma se turbó: “…hubo tinieblas sobre toda la tierra… Y el sol se oscureció”. “Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron”, haciendo que muchas personas exclamaran: “¡El Dios de la naturaleza padece!”. Finalmente, incluso lo que parecía insoportable se llevó a cabo y Jesús dijo: “Consumado es”. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Algún día, en algún lugar, se llamará a toda lengua humana para que confiese, como lo hizo un centurión romano que presenció todo eso: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”.

Para la mujer y el hombre reflexivos, es “motivo de gran asombro”el hecho de que el sacrificio voluntario y misericordioso de un solo Ser pudiera satisfacer las exigencias eternas e infinitas de la justicia, expiar toda transgresión y mala acción humana y, de esa manera, abarcar compasivamente a toda la humanidad en Su abrazo misericordioso. Pero así es.

Cito al presidente John Taylor (1808–1887): “De una manera que para nosotros es incomprensible e inexplicable, Él llevó la carga de los pecados del mundo entero, no sólo de Adán sino de su posteridad; y al hacerlo, abrió el reino de los cielos, no solamente para todos los creyentes y los que obedecieran la ley de Dios, sino para más de la mitad de la familia humana que muera sin llegar a la edad de responsabilidad, así como también para aquellos que… mueran sin conocer la ley”.

Que podamos sentir lo mismo que el élder Whitney sintió con respecto a este magnífico don y al Dador de quien lo recibimos: “Tanto me conmovió [Su don]… que también lloré… Todo mi corazón estaba con Él. Lo amaba con toda mi alma y anhelaba estar con Él como jamás he deseado nada en mi vida”. Por haber ofrecido la Expiación en nuestro beneficio, Cristo ha hecho Su parte para que ese anhelo se convierta en realidad. El resto dependerá exclusivamente de nosotros.

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¿QUIÉN ES JESUCRISTO?

Mensaje tomado del sitio web Jesus Christ, The Son of God.

Por el Presidente Boyd K. Packer
Presidente del Consejo de los Doce Apóstoles

En una reunión que tuvo con los Doce en Cesarea de Filipo, Jesús les preguntó: “…Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Simón Pedro, el apóstol principal, le respondió: “…Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:15–16); y más adelante testificó que Jesús había sido “ya destinado desde antes de la fundación del mundo” (1 Pedro 1:20). Él estuvo “en el principio con el Padre, y [es] el Primogénito” (D. y C. 93:21).

Cuando el plan del Padre se presentó (véase Alma 42:5, 8) —el plan de salvación y felicidad— (véase Alma 34:9), se necesitaba uno que expiara a fin de proporcionar redención y misericordia a todos los que aceptaran el plan (véase Alma 34:16; 39:18; 42:15). El Padre preguntó: “…¿A quién enviaré?”, y el que sería conocido como Jesús respondió voluntariamente y bien dispuesto: “…Heme aquí; envíame a mí” (Abraham 3:27). “…Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre” (Moisés 4:2).

En preparación, se creó la tierra: “…por medio del Hijo, que es mi Unigénito… he creado [la tierra]”, afirmó el Padre (Moisés 1:33; véase también Efesios 3:9; Helamán 14:12; Moisés 2:1).

Los títulos de Jesucristo

Los profetas del Antiguo Testamento lo conocían como Jehová (véase Abraham 1:16; Éxodo 6:3). Su venida al mundo se mostró a los profetas: “¡He aquí el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno!” (1 Nefi 11:21; véase también Juan 1:14). Y a Su madre se le dijo: “…llamarás su nombre Jesús… y será llamado Hijo del Altísimo” (Lucas 1:31–32).

Muchos de Sus títulos y nombres describen Su misión y ministerio divinos. Él mismo enseñó esto: “Yo soy la luz y la vida del mundo. Soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin” (3 Nefi 9:18). “…soy vuestro intercesor ante el Padre” (D. y C. 29:5; véase también D. y C. 110:14). “Yo soy el buen pastor” (Juan 10:11). “Yo soy el Mesías, el Rey de Sión, la Roca del Cielo” (Moisés 7:53). “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre… [ni] sed” (Juan 6:35). “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador” (Juan 15:1). “Yo soy la resurrección y la vida” (Juan 11:25). “Yo soy… la estrella resplandeciente de la mañana” (Apocalipsis 22:16), “Jesucristo, vuestro Redentor, el Gran Yo Soy” (D. y C. 29:1).

Él es el Mediador (véase 1 Timoteo 2:5), el Salvador (véase Lucas 2:11), el Redentor (véase D. y C. 18:47); es cabeza de la Iglesia (véase Efesios 5:23) y su principal piedra del ángulo (véase Efesios 2:20). El último día “Dios juzgará por Jesucristo [a] los hombres, conforme [al] Evangelio” (Romanos 2:16; véase también Mormón 3:20).

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…” (Juan 3:16); “Por tanto, la redención viene en el Santo Mesías y por medio de él, porque él es lleno de gracia y de verdad” (2 Nefi 2:6).

Se solía preguntar al profeta José Smith: “¿Cuáles son los principios fundamentales de su religión?”.

“Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y de los profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente apéndices de eso”1.

La humildad de Jesucristo

En el momento en que lo prendieron, antes de Su crucifixión, el Señor acababa de salir de Getsemaní. Cuando ocurrió la traición, Pedro sacó la espada para golpear a Malco, un siervo del sumo sacerdote, pero Jesús le dijo:

“…Vuelve tu espada a su lugar…

“¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?” (Mateo 26:52–53).

Durante todas las burlas, el abuso, los azotes y la tortura final de la crucifixión, el Señor permaneció silencioso y sumiso, es decir, excepto en un momento de intensa tensión que revela la esencia misma de la doctrina cristiana. Ese momento ocurrió durante el juicio, cuando Pilato, que sentía temor, dijo a Jesús: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte?” (Juan 19:10).

Sólo podemos imaginar la tranquila majestad del Señor al responder: “…Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba” (Juan 19:11). Lo que tuvo lugar después no ocurrió porque Pilato hubiera tenido el poder para ordenarlo, sino porque el Señor tuvo la disposición de aceptarlo.

“…yo pongo mi vida”, dijo Él, “para volverla a tomar”.

“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar” (Juan 10:17–18).

La expiación de Jesucristo

Antes y después de la Crucifixión, ha habido muchos hombres que han dado la vida voluntariamente en abnegados actos de heroísmo, pero ninguno afrontó lo que Cristo tuvo que soportar. Sobre Él cayó la carga de toda transgresión humana, de toda culpa humana. Y el futuro incierto de toda la humanidad dependía de la Expiación. Por medio de Su acto voluntario, la misericordia se reconcilió con la justicia, se ratificó la ley eterna y se logró la mediación sin la cual el ser mortal no hubiera podido ser redimido.

Por Su propia voluntad y en beneficio de toda la humanidad, Él aceptó el castigo por toda la iniquidad y la depravación del mundo entero: por la brutalidad, la inmoralidad, la perversión y la corrupción; por la adicción; por las matanzas, las torturas y el terror; por todo lo malo que se haya hecho o se llegue a hacer en esta tierra. Al hacerlo, se enfrentó al terrible poder del maligno, que no estaba limitado por la carne ni sujeto al dolor del ser mortal. ¡Eso fue Getsemaní!

No sabemos cómo se llevó a cabo la Expiación. No hubo ser mortal que observara cuando el maligno se alejó y se escondió avergonzado ante la Luz de aquel Ser puro. Toda la iniquidad del mundo no podía apagar aquella Luz. Cuando el hecho quedó consumado, lo que Él hizo pagó el rescate; tanto la muerte como el infierno renunciaron a reclamar a todos los que se arrepintieran. Por fin, el hombre quedaba liberado y toda alma que viviera podría optar por seguir aquella Luz y ser redimida.

Por medio de ese sacrificio infinito, “…por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio” (Artículos de Fe 1:3).

La Expiación en las Escrituras

El término en inglés atonement [expiación] consta en realidad de tres palabras: at-one-ment, que en inglés quiere decir “unirse en uno”; ser uno con Dios; reconciliarse, conciliar, expiar.

Pero, ¿saben que en inglés, en el Nuevo Testamento, la palabra atonement se halla sólo una vez? [En español, en el Nuevo Testamento, no aparece ni una vez la palabra expiación, aunque en el pasaje de Hebreos 2:17 se emplea el verbo expiar.] Cito de la carta de Pablo a los romanos, donde él emplea el término reconciliación [que aparece también en otros pasajes]:

“…Cristo murió por nosotros.

“…fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.

“Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación” (Romanos 5:8, 10–11; cursiva agregada).

Sólo una vez está la palabra expiación en inglés [atonement], en el Nuevo Testamento. ¡Expiación, precisamente! No era un vocablo desconocido, puesto que se empleó muchas veces en el Antiguo Testamento relacionándolo con la ley de Moisés. Me parece increíble.

Solamente conozco una explicación, para la cual nos referimos al Libro de Mormón. Nefi testifica que la Biblia antes “contenía la plenitud del evangelio del Señor, de quien dan testimonio los doce apóstoles” y que, después que las palabras “proceden… de los doce apóstoles del Cordero, de los judíos a los gentiles, tú ves la formación de una iglesia grande y abominable, que es la más abominable de todas las demás iglesias, pues, he aquí, ha despojado el evangelio del Cordero de muchas partes que son claras y sumamente preciosas, y también ha quitado muchos de los convenios del Señor” (1 Nefi 13:24, 26).

Jacob define la grande y abominable iglesia con estas palabras: “De modo que quien pugne contra Sión, tanto judío como gentil, esclavo como libre, varón como mujer, perecerá; pues son ellos los que constituyen la ramera de toda la tierra; porque aquellos que no son conmigo, contra mí son, dice nuestro Dios” (2 Nefi 10:16).

Además, Nefi dice: “…a causa de las muchas cosas claras y preciosas que se han quitado del libro… muchísimos tropiezan, sí, de tal modo que Satanás tiene gran poder sobre ellos” (1 Nefi 13:29). Y a continuación profetiza que esas cosas preciosas serían restauradas (véase 1 Nefi 13:34–35).

Y fueron restauradas. En el Libro de Mormón aparece la palabra treinta y nueve veces en sus dos formas, como sustantivo y como verbo. Me limito a citar un versículo de Alma: “Ahora bien, no se podría realizar el plan de la misericordia salvo que se efectuase una expiación; por tanto, Dios mismo expía los pecados del mundo, para realizar el plan de la misericordia, para apaciguar las demandas de la justicia, para que Dios sea un Dios perfecto, justo y misericordioso también” (Alma 42:15; cursiva agregada).

Aparece sólo una vez en el Nuevo Testamento y treinta nueve veces en el Libro de Mormón. ¿Qué mejor testimonio de que el Libro de Mormón es ciertamente otro testamento de Jesucristo?

Y eso no es todo: las palabras expiar, expía y expiación aparecen cinco veces en Doctrina y Convenios y dos veces en la Perla de Gran Precio. Cuarenta y siete referencias de importancia trascendental. ¡Y eso no es todo! Cientos de otros versículos contribuyen a explicar la Expiación.

El albedrío

Debido a que el albedrío es un principio soberano, el Señor soportó la carga de la Expiación sin ser compelido. De acuerdo con el plan, se debía honrar el albedrío. Así fue desde el principio, desde Edén.

“El Señor dijo a Enoc: He allí a éstos, tus hermanos; son la obra de mis propias manos, y les di su conocimiento el día en que los creé; y en el Jardín de Edén le di al hombre su albedrío” (Moisés 7:32).

Aparte de cualquier otra cosa que haya sucedido en Edén, en su momento trascendental de prueba, Adán tomó una decisión. Después de que el Señor mandó a Adán y a Eva multiplicarse y henchir la tierra, y les mandó no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, les dijo: “…No obstante, podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido; pero recuerda que yo lo prohíbo, porque el día en que de él comieres, de cierto morirás” (Moisés 3:17).

Había mucho de por medio para que el hombre viniese a la mortalidad por la fuerza; eso hubiera infringido precisamente la ley que era esencial para el plan. En éste se estipulaba que todo hijo espiritual de Dios recibiera un cuerpo mortal y que cada uno de ellos fuera probado. Adán comprendió que debía ser así y tomó su decisión. “Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25).

Adán y Eva se aventuraron a fin de multiplicar y henchir la tierra, tal como se les había mandado. La creación de sus cuerpos a imagen de Dios, creados separadamente, era crucial para el plan. Su posterior Caída era esencial para que existiera la condición mortal y se siguiera adelante con el plan.

La necesidad de la Expiación

Nefi describe lo que habría sucedido con nuestro cuerpo y nuestro espíritu a menos que se realizara “una expiación infinita”. “Y nuestros espíritus”, dijo, “habrían llegado a ser como él [el diablo]” (véase 2 Nefi 9:7–10).

Raras veces utilizo el vocablo absolutamente, porque raramente se aplica; pero lo voy a emplear ahora, dos veces:

A causa de la Caída, la Expiación era absolutamente esencial para que tuviera lugar la resurrección y se venciera la muerte física.

La Expiación era absolutamente indispensable para que el hombre se purificara del pecado y venciera la segunda muerte, la muerte espiritual, que es la separación de nuestro Padre Celestial, puesto que las Escrituras nos dicen ocho veces que ninguna cosa impura puede entrar en la presencia de Dios (véase 1 Nefi 10:21; 15:34; Alma 7:21; 11:37; 40:26; Helamán 8:25; 3 Nefi 27:19; Moisés 6:57).

Esas palabras de las Escrituras, “…podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido” (Moisés 3:17), presentaron a Adán y a Eva, y a su posteridad, todos los riesgos de la condición mortal. En ésta, el hombre tiene la libertad de escoger, y cada decisión trae consigo una consecuencia. La decisión que tomó Adán puso en movimiento la ley de la justicia, la cual exigía que el castigo de la desobediencia fuera la muerte.

Pero esas palabras pronunciadas durante el juicio, “…Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba” (Juan 19:11), probaron que la misericordia era igualmente importante. Se envió a un Redentor para pagar la deuda y liberar al hombre. Ése era el plan.

Coriantón, el hijo de Alma, pensaba que era injusto que hubiera un castigo, que fuera necesario aplicar una pena por haber pecado. En una profunda lección, Alma enseñó el plan de redención a su hijo y, por ende, a nosotros; después de hablar de la Expiación, dijo: “Mas el arrepentimiento no podía llegar a los hombres a menos que se fijara un castigo” (Alma 42:16).

Si el castigo es el precio que exige el arrepentimiento, aún es un precio bajo. Las consecuencias, aunque sean dolorosas, nos protegen. El simple hecho de que un niño llore de dolor al tocar el fuego nos enseña eso; si no fuera por el dolor, el niño podría ser destruido.

Las bendiciones del arrepentimiento

Confieso francamente que no encontraría ni paz ni felicidad ni seguridad en un mundo en el que no existiera el arrepentimiento. No sé lo que haría si no hubiera una manera de borrar mis errores. El sufrimiento sería más de lo que podría soportar. Quizás para ustedes sea diferente, pero no para mí.

La Expiación se llevó a cabo y por siempre jamás nos ofrece una amnistía de la transgresión y de la muerte, sólo con que nos arrepintamos. El arrepentimiento es la cláusula justificante; es la llave con la cual podemos abrir la prisión desde adentro. Tenemos esa llave en las manos, y el albedrío para utilizarla.

¡Cuán sumamente preciosa es la libertad, y cuán extremadamente valioso el albedrío!

Lucifer manipula astutamente nuestras decisiones, engañándonos con respecto al pecado y sus consecuencias; él y sus ángeles nos tientan para que seamos indignos y hasta inicuos, pero no puede destruirnos completamente —en toda la eternidad no puede, con todo su poder no puede—, es decir, no puede hacerlo sin nuestro consentimiento. Si el hombre hubiera tenido el albedrío sin la Expiación, habría recibido un regalo fatal.

Creados a Su imagen

En Génesis, en Moisés, en Abraham, en el Libro de Mormón y en la investidura se nos enseña que el cuerpo mortal del hombre fue hecho a la imagen de Dios, creado separadamente de todo lo demás. Si la Creación se hubiera realizado de otra forma, no habría podido haber una Caída.

Si los hombres fueran simplemente animales, la lógica daría lugar a la libertad sin responsabilidad.

Sé muy bien que entre los eruditos hay algunos que miran a creaciones inferiores, como los animales y las rocas, para encontrar el origen del hombre. No miran dentro de sí mismos para hallar allí el espíritu, sino que se capacitan para medirlo todo por el tiempo, por miles y millones de años, y afirman que todos esos animales llamados hombres son obra de la casualidad. Y por supuesto, tienen la libertad de decirlo, porque gozan de albedrío.

Pero nosotros también tenemos albedrío y miramos hacia lo alto; en el universo vemos la obra de las manos de Dios y lo medimos todo por épocas, por siglos, por dispensaciones, por eternidades. Lo mucho que no sabemos, lo aceptamos por la fe.

¡Pero esto sí sabemos! Que todo fue planificado “antes que el mundo fuese” (D. y C. 38:1; véase también D. y C. 49:17; 76:13, 39; 93:7; Abraham 3:22–25). Los acontecimientos que van desde la Creación hasta la escena final, la clausura, no se basan en la casualidad, sino que se basan en una decisión que se tomó. Se planificó de esa manera.

¡Esto es lo que sabemos, esta verdad pura! Si no hubiera habido una Creación ni una Caída, no habría sido necesaria ninguna Expiación, ni tampoco un Redentor para mediar por nosotros. Entonces Cristo no hubiera tenido razón de ser.

Los símbolos de la Expiación

En Getsemaní y en Gólgota, se derramó la sangre del Salvador. Siglos antes se había establecido la Pascua como símbolo y representación de lo que había de sobrevenir. Fue una ordenanza que se debía guardar por siempre. (Véase Éxodo 12.)

Cuando se decretó la plaga de muerte sobre Egipto, se mandó a toda familia israelita que tomara un cordero primogénito, macho y sin defecto; ese cordero pascual debía matarse sin quebrarle ningún hueso y con su sangre debía marcarse el dintel de la casa. El Señor prometió que el ángel de la muerte pasaría por las casas así marcadas y no mataría a ninguno de sus habitantes. De ese modo, fueron salvos por la sangre del cordero.

Después de la crucifixión del Señor, la ley de sacrificio no requirió más el derramamiento de sangre porque, según lo que Pablo enseñó a los hebreos, se hizo eso “una vez para siempre… para siempre un solo sacrificio por los pecados” (Hebreos 10:10, 12). De ahí en adelante, el sacrificio iba a ser un corazón quebrantado y un espíritu contrito, o sea, el arrepentimiento.

Y la Pascua se iba a conmemorar por siempre como la Santa Cena, en la cual renovamos nuestro convenio del bautismo y la tomamos en memoria del cuerpo del Cordero de Dios y de Su sangre, que fue derramada por nosotros.

Es significativo que ese símbolo reaparezca en la Palabra de Sabiduría. Además de la promesa de que los santos de esta generación que la obedezcan recibirán salud y grandes tesoros de conocimiento, contiene esta otra: “Y yo, el Señor, les prometo que el ángel destructor pasará de ellos, como de los hijos de Israel, y no los matará” (D. y C. 89:21).

No puedo decirles sin emoción lo que siento sobre la Expiación; conmueve mis sentimientos más profundos de gratitud y obligación. Mi alma busca a Aquél que la llevó a efecto, este Cristo, nuestro Salvador, de quien soy testigo. Testifico de Él. Es nuestro Señor, nuestro Redentor, nuestro Abogado ante el Padre. Él nos rescató con Su sangre.

Humildemente reclamo mi derecho a la expiación de Cristo. No me avergüenza arrodillarme para adorar al Padre y a Su Hijo ¡porque tengo albedrío y es mi decisión hacerlo!

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