EL PODER PURIFICADOR DE GETSEMANÍ

A fin de recordar y aprender un poco más de la Expiación de nuestro Salvador Jesucristo en esta semana de Pascuas les traigo un clásico del evangelio, uno de los discursos más recordados en la historia de la Iglesia, es el mensaje titulado como "El Poder Purificador de Getsemaní", dado por el Elder Bruce R. McConkie, miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, justos unos días antes de morir.


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ÉL VIVE

Con motivo de la celebración de las Pascuas esta semana, la Iglesia ha publicado un nuevo vídeo en el canal Mormon Messages, este mensaje está titulado "ÉL VIVE", y el mensajes es dado por los miembros del Quórum de los Doce apóstoles, quienes comparten su testimonio de el Salvador Jesucristo.


También puedes encontrar este vídeo en el canal Mormon Messages, en la sección de videos de Mensajes Mormones de El Rincón Sud o en el Canal de YouTube de El Rincón Sud.
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LAS TIERNAS MISERICORDIAS DEL SEÑOR

En el día de hoy El Rincón SUD les trae el nuevo vídeo publicado por el canal de YouTube de la Iglesia, Mormon Messages, titulado "Las tiernas misericordias del Señor", dado por el Elder David Berdnard del Quórum de los Doce Apóstoles.

Es importante destacar que este mensaje fue uno de los primeros que dio el Elder Berdnard hayá por el año 2005, cuando recién fue llamado al Quórum de los Doce, fue realmente impactante y edificante su mensaje, y desde mi punto de vista, con el  tiempo, llegará a ser uno de los llamados clásicos del evangelio.



También puedes encontrar este vídeo en el canal Mormon Messages, en la sección de videos de Mensajes Mormones de El Rincón Sud o en el Canal de YouTube de El Rincón Sud.
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EL CENTRO DE NUESTRA FE

Muchas personas se preguntan en que creen los Santos de los Últimos Días, algunos piensan que tenemos un Dios propio, otros que adoramos a José Smith, también piensan que nuestro Dios es Mormón, y así muchas diferentes opiniones que son divulgadas por personas que no conocen acerca de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

En respuesta al interrogante de aquellos que desconocen nuestras creencias aclaramos que el centro de nuestra fe es JESUCRISTO, a Él adoramos, honramos y seguimos, el es la base de nuestra fe y la cabeza de la Iglesia.

En la Iglesia tenemos un serie de 13 artículos de fe que declaran cuales son nuestras creencias, el primero de ellos dice:

"Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo."
Como podemos observar desde la primera declaración de nuestra creencia decimos que creemos en Jesucristo, además que podemos observa que en el nombre de la Iglesia está el nombre de Jesucristo, todas las ordenanzas de la Iglesia las hacemos en el nombre de Jesucristo, oramos en el nombre de Jesucristo y todo lo que hacemos es con la mirada puesta en él.

Lo amamos y lo reconocemos como nuestro Salvador, sabemos que por su expiación, crucifixión y resurrección cada uno de nosotros tiene la posibilidad de ser perdonado de los pecados a través del arrepentimiento, y que podemos resucitar y regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial.

"Al igual que la estrella polar de los cielos, pese lo que depare el futuro, allí está el Redentor del mundo, el hijo de Dios, firme y seguro como el ancla de nuestra vida inmortal. Él es la roca de nuestra salvación, nuestra fortaleza, nuestro consuelo, el núcleo mismo de la fe." (Pte. Gordon B Hinckley, "Miramos a Cristo" Liahona, julio de 2002, pág.101.)
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REGOCIJAD JESUS NACIÓ

El Rincón SUD les trae el vídeo navideño del himno Regocijad Jesús Nació, interpretado por el Coro del Tabernáculo Mormón.


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EN EL HOGAR PARA NAVIDAD


POR EL PTE. HENRY B. EYRING
Liahona diciembre 2009, págs. 3 – 7

Hay una canción que oí por primera vez cuando era niño, una canción sobre la Navidad y el hogar.

Aquellos eran tiempos de guerra en los que muchas personas se hallaban lejos de su hogar y su familia, días negros para los que temían no volver a reunirse en esta vida con sus seres amados. Recuerdo lo que sentí poco antes de Navidad al pasar por una casa en camino a la escuela y ver en la ventana una pequeña bandera con una estrella dorada; allí vivía una niña a la que conocía de la escuela y cuyo hermano, no muchos años mayor que yo, había muerto en la guerra. Conocía también a los padres y, en parte, percibía lo que ellos sentían. En el regreso a casa después de las clases, me sentía agradecido por la expectativa de la alegre bienvenida que me esperaba en mi hogar.

Cuando encendía la radio en nuestra sala durante la época navideña, escuchaba palabras y música que todavía conservo en la memoria. Unos versos de aquella canción me tocaban el corazón por el anhelo que expresaban de estar con familia.

En ese tiempo vivía con mis padres y hermanos en un hogar feliz, así que presentía que ese anhelo era algo más que el estar en una casa o con la vida familiar que disfrutaba entonces; se relacionaba con un lugar y una vida del futuro, aún mejores de lo que conocía o podía siquiera imaginar.

La parte de la canción que recuerdo más es: “Estaré en mi hogar para Navidad, aunque sólo sea en mis sueños”1. La casa en la que adornaba el árbol de Navidad con mi madre y mi padre en aquellos días felices de mi infancia todavía existe y no ha cambiado mucho.

Hace unos años volví a ella y llamé a la puerta; los que me recibieron eran desconocidos para mí, pero me dejaron entrar en los cuartos donde había estado la radio y donde nuestra familia se reunía alrededor del árbol de Navidad.

Me di cuenta entonces de que el deseo de mi corazón no se relacionaba con el estar en una casa, sino que era el deseo de estar con mi familia, de sentirme envuelto en el amor y en la luz de Cristo, aun más de lo que nuestro pequeño grupo familiar había sentido en el hogar de mi infancia.

El anhelo de un amor eterno

Lo que todos nosotros anhelamos profundamente, en la época navideña y siempre, es sentirnos ligados por el amor con la dulce certeza de que esa unión durará eternamente. Tal es la promesa de la vida eterna, de la cual Dios ha dicho que es Su don más grandioso para Sus hijos (véase D. y C. 14:7), y se hace posible gracias a los dones de Su Hijo Amado: el nacimiento, la expiación y la resurrección del Salvador. Es por medio de la vida y la misión de Él que tenemos la seguridad de que podremos seguir unidos en amor y vivir con nuestra familia eternamente.

Ese sentimiento de anhelo por el hogar es innato en nosotros. Es un sueño maravilloso que no puede hacerse realidad sin tener gran fe, lo suficiente como para que el Espíritu Santo nos guíe al arrepentimiento, al bautismo y a hacer y mantener convenios sagrados con Dios. Esa fe exige que soportemos valerosamente las pruebas de la vida terrenal; y luego, en la vida venidera, recibir de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo Amado una bienvenida a aquel hogar de nuestros sueños.

Incluso en esta vida podemos tener la certeza de que llegará ese día y sentir algunos de los gozos que experimentaremos cuando por fin lleguemos al hogar. La celebración del nacimiento del Salvador en Navidad nos ofrece oportunidades especiales de disfrutar de ellos en esta vida.

Cómo encontrar el gozo prometido

Muchos de nosotros hemos perdido a seres queridos por la muerte. Tal vez estemos rodeados de personas que tratan de destruir nuestra fe en el Evangelio y las promesas de vida eterna que nos ha hecho el Señor; algunos estaremos afligidos por enfermedades y por la pobreza; otros quizás enfrenten contención en su familia o no tengan ningún familiar. Aun así, podemos pedir que la luz de Cristo nos ilumine y nos permita ver y sentir algunos de los prometidos gozos que nos esperan.

Por ejemplo, al reunirnos en ese hogar celestial, estaremos rodeados por los que hayan sido perdonados de todo pecado y, a su vez, se hayan perdonado los unos a los otros; podemos disfrutar algo de ese gozo ahora, especialmente al recordar y celebrar los dones que el Salvador nos ha dado. Él vino al mundo para ser el Cordero de Dios, para pagar el precio de todos los pecados de los hijos de Su Padre en la vida terrenal, a fin de que todos reciban el perdón.

En la época de Navidad, sentimos un deseo más grande de recordar al Salvador y meditar sobre Sus palabras; Él nos advierte que no se nos puede perdonar a menos que perdonemos a los demás (véase Mateo 6:14–15), lo cual muchas veces es difícil; por eso, deben orar para pedir ayuda.

Muchas veces recibirán esa ayuda para perdonar si se les permite ver que ustedes han causado tanto o mayor dolor del que han recibido de otros.

Si actúan conforme a la respuesta que reciban a su oración de pedir fortaleza para perdonar, sentirán que se ha levantado un peso de sus hombros. El resentimiento es una carga muy pesada; pero al perdonar, sentirán el gozo de ser perdonados. En esta época navideña pueden ofrecer y recibir el regalo del perdón; la felicidad que sentirán entonces será una vislumbre de lo que sentiremos juntos en ese hogar eterno que anhelamos.

Sintamos el gozo de dar

Hay otra vislumbre de ese futuro hogar gozoso que podemos percibir mejor en Navidad: es el sentimiento de dar con un corazón generoso, y lo experimentamos al pensar más en las necesidades de los demás que en las nuestras y al comprender lo generoso que ha sido Dios con nosotros.

Nos alienta el ver la bondad de otras personas en la época navideña. ¿Cuántas veces han ido a dejar un regalo en el umbral de una puerta, esperando que nadie los viera, y se han encontrado con regalos que otro ya había dejado allí? O, habiendo tenido la impresión de ayudar a alguien, como me ha pasado a mí, se han enterado después de que tuvieron la inspiración de dar exactamente lo que esa persona necesitaba en aquel preciso momento. Eso nos da la maravillosa seguridad de que Dios conoce todas nuestras necesidades y cuenta con nosotros para atender a las de los que nos rodean.

Él nos envía esos mensajes durante los días de Navidad con mayor confianza, sabiendo que responderemos porque nuestro corazón está más receptivo al ejemplo del Salvador y a las palabras de Sus siervos. Es la época en la que es más probable que hayamos leído recientemente lo que dijo el rey Benjamín y nos hayamos conmovido con sus palabras. Él enseñó a su pueblo, así como a nosotros, que el asombroso regalo del perdón que recibimos debe hacernos sentir llenos de generosidad hacia los demás:

“Y he aquí, ahora mismo habéis estado invocando su nombre, suplicando la remisión de vuestros pecados. ¿Y ha permitido él que hayáis pedido en vano? No; él ha derramado su Espíritu sobre vosotros, y ha hecho que vuestros corazones se llenaran de alegría, y ha hecho callar vuestras bocas de modo que no pudisteis expresaros, tan extremadamente grande fue vuestro gozo.

“Y ahora bien, si Dios, que os ha creado, de quien dependéis por vuestras vidas y por todo lo que tenéis y sois, os concede cuanta cosa justa le pedís con fe, creyendo que recibiréis, ¡oh cómo debéis entonces impartiros el uno al otro de vuestros bienes!

“Y si juzgáis al hombre que os pide de vuestros bienes para no perecer, y lo condenáis, cuánto más justa será vuestra condenación por haberle negado vuestros bienes, los cuales no os pertenecen a vosotros sino a Dios, a quien también vuestra vida pertenece; y con todo, ninguna petición hacéis, ni os arrepentís de lo que habéis hecho.

“Os digo: ¡Ay de tal hombre, porque sus bienes perecerán con él! Y digo estas cosas a los que son ricos en lo que toca a las cosas de este mundo” (Mosíah 4:20–23).

Ustedes ya han sentido el gozo de dar y de recibir generosamente; ese gozo en esta vida es un atisbo de lo que sentiremos en la vida venidera si somos generosos aquí motivados por nuestra fe en Dios. El Salvador es nuestro magnífico ejemplo, y en Navidad volvemos a reflexionar en quién es Él y en la generosidad que Él nos extendió al venir al mundo para ser nuestro Salvador.

Por ser el Hijo de Dios, nacido de María, Él tuvo el poder de resistir toda tentación al pecado; y vivió una vida perfecta a fin de ser la ofrenda de sacrificio infinito, el Cordero sin mancha prometido desde el principio del mundo (véase Apocalipsis 13:8). Él sufrió el tormento de la culpa de nuestros pecados y de todos los de los hijos del Padre Celestial, para que podamos ser perdonados y volver limpios al hogar.

Nos otorgó esa dádiva a un precio que no podemos siquiera concebir; fue un don que a Él no le hacía falta pues no tenía necesidad de ser perdonado. El gozo y la gratitud que sentimos ahora por Su dádiva serán magnificados y perdurarán eternamente cuando lo honremos y lo adoremos en nuestro hogar celestial.

La época de la Navidad nos anima a recordarlo y a pensar en Su generosidad infinita; el recordar esa generosidad contribuirá a que sintamos la inspiración de que hay alguien que necesita nuestra ayuda y respondamos a ella, y nos permitirá ver la mano de Dios que se extiende hasta nosotros cuando Él nos envía a una persona que nos auxilie, como lo hace tantas veces. Hay gozo en dar y en recibir la generosidad que Dios inspira, especialmente en Navidad.

Somos bendecidos con Su Luz

Hay otro vislumbre del cielo que se aprecia con más facilidad en la Navidad: es la luz. El Padre Celestial hizo uso de la luz para anunciar el nacimiento de Su Hijo, nuestro Salvador (véase Mateo 2; 3 Nefi 1), con una estrella nueva que fue visible tanto en el hemisferio oriental como en el occidental y que condujo a los Reyes Magos hasta donde estaba el Niño en Belén. Incluso el malvado rey Herodes reconoció la señal y tuvo miedo, porque era inicuo. Los magos se regocijaron por el nacimiento del Cristo, que es la Luz y la Vida del mundo. Y Dios dio como señal a los descendientes de Lehi tres días de luz, sin oscuridad, para anunciarles el nacimiento de Su Hijo.

En la Navidad recordamos no sólo la luz que anunció que Cristo había nacido en el mundo sino también la que proviene de Él. Muchos son los testigos que la han confirmado. Pablo testificó que la vio en su camino a Damasco:

“…vi una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol, la cual me rodeó a mí y a los que iban conmigo.

“Y habiendo caído todos nosotros en tierra, oí una voz que me hablaba, y decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón.

"Yo entonces dije: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (Hechos 26:13–15).

José Smith, siendo muchacho, testificó que había visto una luz maravillosa en una arboleda de Palmyra, Nueva York, al principio de la Restauración:

“…precisamente en este momento de tan grande alarma vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta quedar sobre mí.

“No bien se apareció, me sentí libre del enemigo que me había sujetado. Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” ( José Smith—Historia :16–17).

Esa luz será visible en nuestro hogar celestial y nos brindará gozo. Sin embargo, por medio de la Luz de Cristo, incluso en esta vida ustedes han sido bendecidos con una porción de esa magnífica experiencia. Toda persona que nace en el mundo recibe esa luz como un don (véase Moroni 7:16). Piensen en las veces en las que les ha ocurrido algo que los hace testigos de que la Luz de Cristo es real y preciosa. En este pasaje de las Escrituras, que nos ofrece una seguridad maravillosa, reconocerán que han sido guiados por esa luz:

“Y lo que no edifica no es de Dios, y es tinieblas.

“Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto.

“Y… lo digo para que sepáis la verdad, a fin de que desechéis las tinieblas de entre vosotros” (D. y C. 50:23–25).

En un mundo que está oscureciéndose con imágenes depravadas y mensajes deshonestos, ustedes han sido bendecidos para reconocer más fácilmente los destellos de la luz y la verdad. Han aprendido por experiencia propia que la luz resplandece con mayor fulgor cuando la reciben con alegría; y se volverá cada vez más brillante hasta el día perfecto en que estemos en presencia de la Fuente de esa luz.

Es más fácil reconocerla en los días de la Navidad, cuando estamos más motivados a orar para saber lo que Dios quiere que hagamos y cuando estamos más inclinados a leer las Escrituras y, por lo tanto, más propensos a dedicarnos a la obra del Señor. Cuando perdonamos y recibimos perdón, cuando levantamos las manos caídas (véase D. y C. 81:5), nosotros mismos somos elevados al encaminarnos hacia la Fuente de la luz.

Recordarán que en el Libro de Mormón se describe una circunstancia gloriosa cuando en los fieles discípulos del Salvador se reflejó Su luz, para que otras personas la vieran (véase 3 Nefi 19:24–25). Nosotros utilizamos luces para celebrar la Navidad. La forma en que adoramos al Salvador y el servicio que le rendimos brindan luz a nuestra vida y a la de aquellos que nos rodean.

Podemos establecernos con confianza la meta de hacer que esta Navidad sea más resplandeciente que la última, y que cada año que siga lo sea más y más. Las pruebas de la vida terrenal podrán aumentar en intensidad, pero la oscuridad no tiene porqué aumentar para nosotros si enfocamos la vista más particularmente en la luz que nos ilumina al seguir al Maestro. Él nos guiará y nos auxiliará a lo largo del sendero que conduce hacia aquel hogar que anhelamos. Ha habido momentos, muchas veces en Navidad, en los que hemos percibido parte de lo que experimentaremos cuando por fin lleguemos al hogar, al Padre que nos ama y contesta nuestras oraciones y al Salvador que ha iluminado nuestra vida y nos ha ennoblecido.

Testifico que, gracias a Él, ustedes pueden tener la seguridad de volver al hogar no sólo en Navidad sino también para vivir eternamente con una familia a la que aman y cuyos miembros se aman entre sí. 

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LA NAVIDAD

En la entrada de hoy quiero compartir la historia de la navidad contada por Mateo y Lucas en el Nuevo Testamento, está claro que no hace falta aclarar que la navidad es la celebración del nacimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.


Hoy en día la celebración de la navidad en el mundo es más una celebración comercial con Santa Claus, Papá Noel, el Viejito Pascuero o como se le llame en todas las partes del mundo. Prácticamente que la imagen de Jesucristo ha quedado por debajo de todo ello. La gente cuando habla de navidad recuerda regalos, comida, bebida, baile y fuegos artificiales, y muy pocos recuerdan que se celebra el nacimiento del niño Jesús.


La celebración de la navidad es uno de los motivos por el cual me hace feliz ser miembro de la Iglesia, ya que desde que me bauticé junto con mi familia hicimos un cambio respecto a como celebrar este día. Antes yo gastaba mucho dinero en fuegos artificiales, regalos, etc, en cambio ahora no compro más fuegos artificiales, y como familia siempre preparamos villancicos a fin de cantar durante la noche buena.


Muy bien, después de esta introducción, comparto lo prometido, es decir, la verdadera historia de la navidad según Mateo y Lucas.


MATEO
Mateo 1: 18-25
Nacimiento de Jesucristo.

18 El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo.
19 José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente.
20 Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.
21 Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
22 Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo:
23 He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo,
Y llamarás su nombre Emanuel,
que traducido es: Dios con nosotros.
24 Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer.
25 Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS.


Mateo 2: 1-12
La visita de los magos.
1 Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos,
2 diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.
3 Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él.
4 Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo.
5 Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta:
6 Y tú, Belén, de la tierra de Judá,
No eres la más pequeña entre los príncipes de Judá;
Porque de ti saldrá un guiador,
Que apacentará a mi pueblo Israel.
7 Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella;
8 y enviándolos a Belén, dijo: Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore.
9 Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño.
10 Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.
11 Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.
12 Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.


LUCAS


Lucas 2: 1-7
Nacimiento de Jesús.
1 Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado.
2 Este primer censo se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria.
3 E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad.
4 Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David;
5 para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta.
6 Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento.
7 Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.


Lucas 2: 8-20
Los ángeles y los pastores.
8 Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño.
9 Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.
10 Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo:
11 que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.
12 Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre.
13 Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían:
14 ¡Gloria a Dios en las alturas,
Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!
15 Sucedió que cuando los ángeles su fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado.
16 Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.
17 Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño.
18 Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían.
19 Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
20 Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho.


Espero que hayan podido disfrutar de la verdadera historia de la navidad.
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MENSAJE DE NAVIDAD DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

La Navidad es una época gloriosa, simple en su origen  y profundo en significado. Es rica en recuerdos, en espíritu caritativo y Hermosa en costumbres y tradiciones. Tiene una atracción en la cual nuestros corazones sin objeción se sumergen.


En esta época del año, recordamos que nuestro Padre Celestial dio a Su Hijo, Jesucristo. También recordamos que Su preciado Hijo nos dio SU vida, Expiación y la victoria sobre la tumba.


Por lo tanto, démosle a nuestro Salvador nuestra gratitud viviendo sus enseñanzas y siguiendo sus pasos. Durante su ministerio mortal El “anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38).  Al hacerlo, el Espíritu de la Navidad Llenara nuestros corazones.  


La Primera Presidencia.

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JESUCRISTO ES JEHOVÁ

Algunos lectores del blog me han solicitado aclarar el punto de que si Jesucristo es Jehová, lo cual me parece un artículo muy interesante para desarrollar, cabe aclarar que en la publicación anterior titulada El Cristo Viviente, el profeta y los apóstoles de la Iglesia declaran: 

"Él fue el Gran Jehová del Antiguo Testamento y el Mesías del Nuevo Testamento. Bajo la dirección de Su Padre, Él fue el Creador de la tierra." 

Me gustaría poder preparar un mensaje bien desarrollado para hablar de este tema, lo cual prometo que haré un breve, pero para ir adelantándome al tema, quiero dejarles una presentación que expone escrituras tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamente, que ayudan a comprender mejor porque decimos que Jesucristo es Jehová.

Espero que la disfruten, y les pido un poco de paciencia en relación a la publicación de una artículo más extenso sobre el tema, pronto lo haré.

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EL CRISTO VIVIENTE

El Rincón Sud les trae la declaracíon emitida por la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles el 1 enero del año 2000, como declaración por la celebración de los 2.000 años del nacimiento de Jesucristo.

"Al conmemorar el nacimiento de Jesucristo hace dos milenios, manifestamos nuestro testimonio de la realidad de Su vida incomparable y de la virtud infinita de Su gran sacrificio expiatorio. Ninguna otra persona ha ejercido una influencia tan profunda sobre todos los que han vivido y los que aún vivirán sobre la tierra.

Él fue el Gran Jehová del Antiguo Testamento y el Mesías del Nuevo Testamento. Bajo la dirección de Su Padre, Él fue el Creador de la tierra.

“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3). Aun cuando fue sin pecado, fue bautizado para cumplir toda justicia. Él “anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38) y, sin embargo, fue repudiado por ello. Su Evangelio fue un mensaje de paz y de buena voluntad.

Él suplicó a todos que siguieran Su ejemplo. Recorrió los caminos de Palestina, sanando a los enfermos, haciendo que los ciegos vieran y levantando a los muertos. Enseñó las verdades de la eternidad, la realidad de nuestra existencia premortal, el propósito de nuestra vida en la tierra y el potencial de los hijos y de las hijas de Dios en la vida venidera.

Instituyó la Santa Cena como recordatorio de Su gran sacrificio expiatorio. Fue arrestado y condenado por acusaciones falsas, se le declaró culpable para satisfacer a la multitud y se le sentenció a morir en la cruz del Calvario. Él dio Su vida para expiar los pecados de todo el género humano. La Suya fue una gran dádiva vicaria en favor de todos los que habitarían la tierra.

Testificamos solemnemente que Su vida, que es fundamental para toda la historia de la humanidad, no comenzó en Belén ni concluyó en el Calvario. Él fue el Primogénito del Padre, el Hijo Unigénito en la carne, el Redentor del mundo.

Se levantó del sepulcro para ser las “primicias de los que durmieron” (1 Corintios 15:20). Como el Señor Resucitado, anduvo entre aquellos a los que había amado en vida. También ministró entre Sus “otras ovejas” (Juan 10:16) en la antigua América. En el mundo moderno, Él y Su Padre aparecieron al joven José Smith, iniciando así la largamente prometida “dispensación del cumplimiento de los tiempos” (Efesios 1:10).

Del Cristo Viviente, el profeta José escribió: “Sus ojos eran como llama de fuego; el cabello de su cabeza era blanco como la nieve pura; su semblante brillaba más que el resplandor del sol; y su voz era como el estruendo de muchas aguas, sí, la voz de Jehová, que decía:

“Soy el primero y el último; soy el que vive, soy el que fue muerto; soy vuestro abogado ante el Padre” (D. y C. 110:3–4).

De Él, el Profeta también declaró: “Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!

“Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre;

“que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:22–24).

Declaramos en palabras de solemnidad que Su sacerdocio y Su Iglesia han sido restaurados sobre la tierra, “edificados sobre el fundamento de… apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 2:20).

Testificamos que algún día Él regresará a la tierra. “Y se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá” (Isaías 40:5). Él regirá como Rey de reyes y reinará como Señor de señores, y toda rodilla se doblará, y toda lengua hablará en adoración ante Él. Todos nosotros compareceremos para ser juzgados por Él según nuestras obras y los deseos de nuestro corazón.

Damos testimonio, en calidad de Sus apóstoles debidamente ordenados, de que Jesús es el Cristo Viviente, el inmortal Hijo de Dios. Él es el gran Rey Emanuel, que hoy está a la diestra de Su Padre. Él es la luz, la vida y la esperanza del mundo. Su camino es el sendero que lleva a la felicidad en esta vida y a la vida eterna en el mundo venidero. Gracias sean dadas a Dios por la dádiva incomparable de Su Hijo divino." 

Si quieres bajar el folleto en formato PDF, puedes hacerlo desde el sitio oficial de la Iglesia siguiendo este link.
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ESPECIAL NAVIDEÑO

Estamos a tan solo menos de un mes para la NAVIDAD, ya llega Diciembre, tenemos que armar el arbolito , adornar las casas, comenzamos a cantar villancicos, en fin, nos ponermos en ambiente a fin de celebrar esta hermosa fiesta.


Para de que podamos disfrutar de la bella musica navideña y nos llenemos del espíritu de la Navidad, El Rincón Sud les regala hoy un "Especial de Navidad" con una serie de himnos navideños cantados por el Coro del Tabernáculo Mormón.



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NAVIDAD 2009

Ya estamos en diciembre, lo que significa que en muy pocos días estaremos celebrando la tan esperada navidad, es por ello que El Rincón Sud quiere dedicar este mes a publicar artículos relacionados con la Navidad.


Vamos a publicar las noticias navideñas, mensajes, vídeos, imágenes, música y todo el material que pueda ambientarnos en el espíritu navideño.


Si tienes algo que desees compartir, por favor, no dudes en hacerlo, será muy bien recibido, y de seguro, será muy útil y valorado por los visitantes de El Rincón Sud.


MÚSICA
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NOSOTROS CREEMOS

¿Qué creen los Santos de los Últimos Días en cuanto a Jesucristo? ¿Resucitó literalmente de los muertos? ¿Volverá a la tierra en Su gloria? ¿Necesitan las personas Su gracia para ser salvas?

Éstas son algunas de las preguntas que las personas suelen hacer cuando entran por primera vez en contacto con la Iglesia o con sus miembros. Para responder a ellas, los miembros deben estar preparados, por encima de todo, para escuchar la guía del Espíritu Santo. No obstante, las respuestas breves que siguen a continuación pueden resultar útiles como punto de partida para formular sus respuestas.   

Las preguntas y respuestas en seguir leyendo.


¿Creen en Jesucristo como el personaje histórico que vivió y enseñó en la Tierra Santa, como se registra en la Biblia?

Sí. Creemos que Jesús nació de María, predicó en la Tierra Santa durante Su ministerio de unos tres años, murió en la cruz y resucitó de los muertos, tal como lo habían predicho los profetas durante siglos antes de Su venida (véase, por ejemplo, Génesis 49:10; Salmos 2:6–7; 22:16–18; 118:22; Isaías 7:14; Miqueas 5:2). Creemos que sufrió por los pecados de toda la humanidad y que los expió, haciendo así posible el arrepentimiento y el perdón (véase Isaías 53:4–6). Creemos que venció la muerte y que, mediante Su poder, todo hombre y mujer resucitarán con un cuerpo físico (véase Romanos 6:5; 8:11). Creemos que mediante la obediencia a los principios de Su evangelio, todo hijo y toda hija de Dios que viene a la tierra puede alcanzar la salvación y volver a vivir con nuestro Padre y Su Hijo en el reino celestial (véase 1 Pedro 3:18; Artículos de Fe 1:3). 

¿Creen que el Señor resucitó literalmente de los muertos? 

Sí. Como lo testifican Sus apóstoles en la Biblia, cientos de testigos vieron a Jesucristo con Su cuerpo resucitado (véase Lucas 24:39; Juan 20:20; 1 Corintios 15:3–8). Como Ser resucitado, ejerció Su ministerio entre miles de Sus “otras ovejas” (Juan 10:16) en las Américas, les mostró las heridas de Sus manos, de Sus pies y de Su costado y les enseñó durante muchos días (véase 3 Nefi 11–28).

En 1820, se apareció junto a Su Padre a José Smith, hijo. El Señor guió a ese joven profeta para que restaurara Su Iglesia y Su evangelio, ya que, tras la muerte de los antiguos apóstoles, habían sido alterados de acuerdo con las filosofías de los hombres. José Smith y uno de sus compañeros ofrecieron este testimonio de Jesucristo en 1832: “…¡[Él] vive! Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre” (D. y C. 76:22–23).  

¿Creen que vendrá de nuevo a la tierra en Su gloria?

Sí. Las Sagradas Escrituras testifican de ello: “Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hechos 1:11). “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo” (Job 19:25). “[Vendrá] en las nubes del cielo para reinar en la tierra sobre su pueblo” (D. y C. 76:63).

Además, creemos que, gracias a Su resurrección, también nosotros recuperaremos nuestro cuerpo físico: “Y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios” (Job 19:26). “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22). “…la muerte de Cristo desatará las ligaduras de esta muerte temporal, de modo que todos se levantarán de esta muerte. El espíritu y el cuerpo serán reunidos otra vez en su perfecta forma…” (Alma 11:42–43).  

¿Creen que Su gracia es necesaria para nuestra salvación?

Sin duda alguna. Sin la gracia de Jesucristo, nadie podría ser salvo ni recibir las bendiciones eternas (véase Romanos 3:23–24). Mediante Su gracia, todos resucitarán y todos los que creen y le siguen tendrán la vida eterna (véase Juan 3:15). Además, mediante Su gracia, nuestra relación sagrada con nuestro cónyuge y con nuestra familia puede perpetuarse por toda la eternidad (véase Mateo 16:19; 1 Corintios 11:11; D. y C. 132:19). Estas bendiciones eternas son Sus dádivas a nosotros; no hay nada que pudiéramos hacer por nosotros mismos para merecerlas o ganárnoslas.

Sin embargo, las Escrituras dejan muy claro que recibimos la plenitud de las bendiciones por Su gracia mediante nuestra fe y obediencia a Sus enseñanzas. El apóstol Pablo enseña que no podemos salvarnos a nosotros mismos, sino que necesitamos la gracia del Señor: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:8–10).

Santiago explica lo siguiente: “Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma… Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Santiago 2:17, 24). Así se explica que el Salvador le dijera al joven rico que había sido obediente y deseaba la vida eterna, que todavía le quedaba algo por hacer (véase Mateo 19:16–22; Lucas 18:18–23). Los Santos de los Últimos Días creen que la gracia de Cristo se extiende en toda su abundancia a aquellos que creen en Él y hacen las obras que Él enseña. “…sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos” (2 Nefi 25:23; cursiva agregada).

Aunque nuestras buenas obras no pueden limpiarnos del pecado, sí muestran la sinceridad de nuestra fe en Jesucristo y nuestra fidelidad al camino que Él recorrió. 

¿Creen que José Smith es, en cierta manera, tan importante como Jesucristo a la hora de salvar a las personas?

No. José Smith fue un profeta importante en la historia de la humanidad. La obra que llevó a efecto bajo la dirección divina trajo a la tierra las bendiciones y el conocimiento que se habían otorgado a los profetas de Dios y a sus seguidores en los tiempos del Antiguo y del Nuevo Testamento, pero que se habían perdido. José Smith fue, a semejanza de los profetas antiguos, un siervo del Señor Jesucristo que enseñó que la salvación y todas las bendiciones de la eternidad solamente se podían lograr por medio de nuestro Salvador:
 “Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y de los profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente apéndices de eso”. En otra ocasión, el Profeta enseñó: “Al considerar la santidad y la perfección de nuestro gran Maestro, que ha abierto un camino por el cual podamos venir a Él, aun con el sacrificio de Sí mismo, nuestro corazón se enternece ante Su condescendencia”. 

Ver también:
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EL SEÑOR ALIGERA NUESTRAS CARGAS

Después de algunas semanas Mormon Messages vuelve a prublicar un video en YouTube, y es por ello que El Rincón Sud se los pone hoy a disposición.

El vídero está titulado "El Señor aligera nuestras cargas", y está basado en fragmenstos de mensajes de las autoridades de la Iglesia acerca de lo que la expiación, el evangelio y el Señor Jesucristo hacen en nuestras vidas.



También puedes encontrar este vídeo en el canal Mormon Messages, en la sección de videos de Mensajes Mormones de El Rincón Sud o en elCanal de YouTube de El Rincón Sud.

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TESTIFICAMOS DE JESUCRISTO

Mensaje tomado del sitio web Jesus Christ, The Son of God.

Por Gordon B. Hinckley.

El Redentor de la humanidad nació hace poco más de dos mil años en Belén de Judea. Siendo niño, fue llevado al templo de Jerusalén, donde José y María oyeron las maravillosas profecías por boca de Simeón y Ana sobre el bebé que estaba destinado a ser el Salvador del mundo.

Pasó gran parte de Su infancia en Nazaret de Galilea y a la edad de doce años fue llevado nuevamente al templo. María y José lo hallaron conversando con hombres instruidos “y éstos le oían y le hacían preguntas” (Traducción de José Smith, Lucas 2:46).

Jesús llegó a la edad adulta y “crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Lucas 2:52). Juan lo bautizó en el río Jordán para “[cumplir] toda justicia” (Mateo 3:15). Ayunó durante 40 días y noches y soportó las tentaciones de Satanás antes de empezar Su ministerio público, tras lo cual anduvo enseñando, sanando y dando bendiciones. 

El gran Jehová

Jesús fue, en efecto, el gran Jehová del Antiguo Testamento, el que dejó las cortes reales de Su Padre en lo alto y condescendió a venir a la tierra como bebé, nacido en las circunstancias más humildes. Isaías predijo Su nacimiento siglos antes y declaró proféticamente: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6).

Este Jesucristo de quien solemnemente testificamos es, tal y como declara Juan el Revelador, “el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra”. Él “nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 1:5–6). 

El Salvador del mundo

Fue y es el Hijo del Todopoderoso, el único hombre perfecto que caminó sobre la tierra. Sanó a los enfermos e hizo caminar al cojo, ver al ciego y oír al sordo. Levantó a los muertos, pero aún así, estuvo dispuesto a entregar Su propia vida en un acto expiatorio, la magnitud del cual escapa a nuestra comprensión.
Lucas registra que Su angustia fue tan grande que “era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas 22:44), una manifestación física confirmada en el Libro de Mormón y en Doctrina y Convenios (véase Mosíah 3:7; D. y C. 19:18). El sufrimiento en Getsemaní y en la cruz del Calvario, apenas a unos cientos de metros de Getsemaní, incluyó, en lo temporal y lo espiritual, “tentaciones… dolor… hambre, sed y fatiga, aún más de lo que el hombre puede sufrir”, dijo el rey Benjamín, “sin morir” (Mosíah 3:7).

A la agonía de Getsemaní le siguieron Su arresto, Sus juicios, Su condena y el inexpresable dolor de Su muerte en la cruz, seguido de Su entierro en el sepulcro de José y Su triunfante resurgir en la Resurrección. Él, el bebé humilde de Belén que hace dos mil años anduvo por los polvorientos caminos de la Tierra Santa, se convirtió en el Señor omnipotente, el Rey de reyes, el Dador de salvación para todos. Nadie puede comprender plenamente el esplendor de Su vida, la majestuosidad de Su muerte, la universalidad de Su don a la humanidad. De manera inequívoca declaramos junto con el centurión que dijo cuando Él murió: “…Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos 15:39).  

Nuestro Señor Viviente

Éste es el testimonio del testamento del Viejo Mundo, la Santa Biblia. Y aún hay otra voz, la del testamento del Nuevo Mundo: el Libro de Mormón. En él, el Padre presentó a Su Hijo resucitado diciendo: “He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre” (3 Nefi 11:7). Con esta presentación divina se inicia el relato del ministerio de nuestro Salvador entre algunas de Sus “otras ovejas” (Juan 10:16) tras Su ascensión de Jerusalén. El mensaje a lo largo de todo el Libro de Mormón es sobre la divinidad de Jesucristo y las bendiciones eternas que pueden recibir todos los hijos y todas las hijas de Dios mediante Su amor redentor. Éstas son las palabras de un profeta del Libro de Mormón:

“Porque nosotros trabajamos diligentemente para escribir, a fin de persuadir a nuestros hijos, así como a nuestros hermanos, a creer en Cristo y a reconciliarse con Dios; pues sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos…

“Y hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:23, 26).

A todo esto se añade la declaración de los profetas modernos: “Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!” (D. y C. 76:22). En Doctrina y Convenios, Él testifica sin lugar a dudas de Su propia misión divina: “Yo soy el Alfa y la Omega, Cristo el Señor; sí, soy él, el principio y el fin, el Redentor del mundo” (D. y C. 19:1).

En Él vemos no sólo a nuestro Maestro y Buen Pastor, sino también a nuestro gran Ejemplo, que nos pide: “…Si quieres ser perfecto… ven y sígueme” (Mateo 19:21).  

La Piedra Angular

Él es la principal piedra angular de la Iglesia que lleva Su nombre: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. No hay ningún otro nombre dado entre los hombres mediante el cual podamos ser salvos (véase Hechos 4:12). Él es el Autor de nuestra salvación, el Dador de la vida eterna (véase Hebreos 5:9). No hay quien se le compare; nunca lo ha habido y nunca lo habrá. Demos gracias a Dios por la ofrenda de Su Amado Hijo, que dio Su vida para que pudiésemos vivir y que es la piedra principal e inamovible de nuestra fe y de Su Iglesia.  

El punto central de nuestra fe

No sabemos todo lo que yace adelante; vivimos en un mundo de incertidumbre. Para algunos, habrá grandes logros; para otros, desilusiones. Para algunos, mucho gozo y alegría, buena salud y una vida holgada; para otros, quizás enfermedad y un grado de pesar. No lo sabemos. Pero de una cosa estamos seguros: al igual que la estrella polar de los cielos, pese a lo que depare el futuro, allí se encuentra el Redentor del mundo, el Hijo de Dios, seguro y firme, como el ancla de nuestra vida inmortal. Él es la roca de nuestra salvación, nuestra fortaleza, nuestro consuelo, el mismo punto central de nuestra fe.

Acudimos a Él en tiempos buenos o malos, y Él está allí, para darnos seguridad y aprobación.

Él es el punto central de nuestra adoración; Él es el Hijo del Dios viviente, el Primogénito del Padre, el Unigénito en la carne. Él “ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron” (1 Corintios 15:20). Él es el Señor que vendrá de nuevo “para reinar en la tierra sobre su pueblo” (D. y C. 76:63; véase también Miqueas 4:7; Apocalipsis 11:15).

Nadie tan grandioso ha caminado sobre la tierra; ningún otro ha hecho un sacrificio comparable ni otorgado una bendición semejante. Él es el Salvador y el Redentor del mundo. Creo en Él; afirmo Su divinidad sin dudas ni evasivas. Lo amo. Pronuncio el nombre de Jesucristo con reverencia y maravilla. Él es nuestro Rey, nuestro Señor, nuestro Maestro, el Cristo viviente, que está a la diestra de Su Padre. ¡Él vive! Él vive, resplandeciente y maravilloso, el Hijo viviente del Dios viviente.

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