LA VOZ DEL ESPÍRITU

El Rincón Sud les acerca hoy el vídeo del canal de la Iglesia en Youtube Mormon Messages titulado "La Voz del Espíritu".




También puedes encontrar este vídeo en el canal Mormon Messages, en la sección de videos de Mensajes Mormones de El Rincón Sud o en el Canal de YouTube de El Rincón Sud.
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¿CÓMO RECIBIR LUZ ESPIRITUAL?


En la revista Liahona del mes de Junio del año 2007 el Elder James Faust, quien en ese momento era el Segundo Consejero de la Primera Presidencia de la Iglesia, compartió un mensaje titulado "Demos cabida a la luz en nuestra vida", basándome en sus palabras quiero hacer un resumen de los puntos que debemos tener en cuenta a fin de poder recibir esta luz espiritual.
  • El estudio diario de las escrituras enciende la luz de nuestra percepción espiritual.
  • El asistir a la reunión sacramental y participar de la Santa Cena nos permite recibir luz espiritual.
  • El aceptar llamamientos y servir en estos nos brinda luz espiritual.
  • Al pagar nuestro diezmo recibimos luz espiritual.
  • Cuando cantamos los himnos de la Iglesia también recibimos luz espiritual.
  • Cuando oramos recibimos luz espiritual.
El vivir con la guía del Espíritu Santo es una de las promesas que nos hace nuestro Padre Celestial cuando nos bautizamos en su Iglesia, pero esta promesa solo será cumplida si cada uno de nosotros hace su parte, el seguir los puntos arriba mencionados es la manera correcta de cumplir con nuestra parte del convenio aunque por supuesto hay muchas cosas más que debemos hacer.

La luz espiritual en nuestra vida nos permite tomar decisiones correctas, nos motiva a ser buenas personas, a servir a nuestro prójimo, a perdonar de corazón, a arrepentirnos de nuestros pecados, a agradecer a Dios por todo lo que nos brinda, a comprender el Plan de Dios, a conocer más de sus misterios, a comprender las escrituras y a hacer el bien en todo momento y en todo lugar.

Espero que cada uno de nosotros pueda llenar sus vidas con esta luz y que pueda hacer todo lo que nuestro Padre nos pide a fin de tenerla cada día. 

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SEÑALES DE LA SEGUNDA VENIDA

En esta ocasión quiero traerles un vídeo muy interesante titulado "Señales de la Segunda Venida", no quiero sonar alarmistas, pero estamos viviendo tiempos en donde se están cumpliendo muchas de estas señales, las cuales nos recuerdan que el Señor está cada día más cerca de volver a la tierra.


Espero que este vídeo nos sirva para meditar, y arreglar las cosas en nuestras vidas antes de que nos quede tiempo.


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NUEVO MANUAL PRINCIPIOS DEL EVANGELIO


Como la mayoría de los hermanos sabe desde hace algunos meses atrás, la Iglesia ha lanzado una nueva edición del manual Principios del Evangelio, con una nueva encuadernación y en su mayoría con los mismos temas que la edición anterior, pero desde mi punto de vista un poco más breves en su desarrollo, lo cual hace más sencilla la preparación de los mensajes para las correspondientes clases en donde se usa el manual, que si no me equivoco, es como siempre en la clase de Miembros Nuevos, y ahora en la clase del segundo y tercer domingo del Sacerdocio y de la Sociedad de Socorro.


Como reflexión personal de esta nueva edición, la cual interrumpe por este año, las clases de "Las Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia", siendo que aún faltaban completar los libros de algunos profetas, es que necesitamos refrescar los principios básicos del evangelio, no sé si esto será la visión de la Primera Presidencia de la Iglesia, pero si ha sido mi sentimiento y reflexión personal.


Muchas veces escuchamos a hermanos jactarse de su conocimiento del evangelio y aún enorgullecerse al hablar de la supuesta "doctrina profunda", término que desconozco de donde lo han obtenido. Muchos de estos hermanos son los que evitan escuchar a hermanos con menor tiempo en la Iglesia, o escuchar clases de principios básicos del evangelio, alegando que estos hermanos tienen menor conocimiento o que los principios que se enseñan son "muy básicos". Muchos de estos hermanos son quienes luego demuestran con sus hechos que no recuerdan o no conocen bien los "Principios del Evangelio" ya que no demuestran vivirlos en sus vidas.


Es por ello que siento que este manual que nos ha enviado el profeta es una lección para todos, a fin de recordemos los principios del evangelio y por sobre todo lo considero una invitación a vivirlos con humildad.


Espero que podamos disfrutar este año de las enseñanzas de Principios del Evangelio, y que podamos nutrirnos y elevarnos espiritualmente al vivir el evangelio.


¿Y tú porque piensas que tenemos esta nueva edición de Principios del Evangelio?


Si quieres descargar este libro en formato PDF puedes hacerlo desde el sitio oficial de la Iglesia, siguiendo este link.
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NOSOTROS CREEMOS

¿Qué creen los Santos de los Últimos Días en cuanto a Jesucristo? ¿Resucitó literalmente de los muertos? ¿Volverá a la tierra en Su gloria? ¿Necesitan las personas Su gracia para ser salvas?

Éstas son algunas de las preguntas que las personas suelen hacer cuando entran por primera vez en contacto con la Iglesia o con sus miembros. Para responder a ellas, los miembros deben estar preparados, por encima de todo, para escuchar la guía del Espíritu Santo. No obstante, las respuestas breves que siguen a continuación pueden resultar útiles como punto de partida para formular sus respuestas.   

Las preguntas y respuestas en seguir leyendo.


¿Creen en Jesucristo como el personaje histórico que vivió y enseñó en la Tierra Santa, como se registra en la Biblia?

Sí. Creemos que Jesús nació de María, predicó en la Tierra Santa durante Su ministerio de unos tres años, murió en la cruz y resucitó de los muertos, tal como lo habían predicho los profetas durante siglos antes de Su venida (véase, por ejemplo, Génesis 49:10; Salmos 2:6–7; 22:16–18; 118:22; Isaías 7:14; Miqueas 5:2). Creemos que sufrió por los pecados de toda la humanidad y que los expió, haciendo así posible el arrepentimiento y el perdón (véase Isaías 53:4–6). Creemos que venció la muerte y que, mediante Su poder, todo hombre y mujer resucitarán con un cuerpo físico (véase Romanos 6:5; 8:11). Creemos que mediante la obediencia a los principios de Su evangelio, todo hijo y toda hija de Dios que viene a la tierra puede alcanzar la salvación y volver a vivir con nuestro Padre y Su Hijo en el reino celestial (véase 1 Pedro 3:18; Artículos de Fe 1:3). 

¿Creen que el Señor resucitó literalmente de los muertos? 

Sí. Como lo testifican Sus apóstoles en la Biblia, cientos de testigos vieron a Jesucristo con Su cuerpo resucitado (véase Lucas 24:39; Juan 20:20; 1 Corintios 15:3–8). Como Ser resucitado, ejerció Su ministerio entre miles de Sus “otras ovejas” (Juan 10:16) en las Américas, les mostró las heridas de Sus manos, de Sus pies y de Su costado y les enseñó durante muchos días (véase 3 Nefi 11–28).

En 1820, se apareció junto a Su Padre a José Smith, hijo. El Señor guió a ese joven profeta para que restaurara Su Iglesia y Su evangelio, ya que, tras la muerte de los antiguos apóstoles, habían sido alterados de acuerdo con las filosofías de los hombres. José Smith y uno de sus compañeros ofrecieron este testimonio de Jesucristo en 1832: “…¡[Él] vive! Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre” (D. y C. 76:22–23).  

¿Creen que vendrá de nuevo a la tierra en Su gloria?

Sí. Las Sagradas Escrituras testifican de ello: “Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hechos 1:11). “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo” (Job 19:25). “[Vendrá] en las nubes del cielo para reinar en la tierra sobre su pueblo” (D. y C. 76:63).

Además, creemos que, gracias a Su resurrección, también nosotros recuperaremos nuestro cuerpo físico: “Y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios” (Job 19:26). “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22). “…la muerte de Cristo desatará las ligaduras de esta muerte temporal, de modo que todos se levantarán de esta muerte. El espíritu y el cuerpo serán reunidos otra vez en su perfecta forma…” (Alma 11:42–43).  

¿Creen que Su gracia es necesaria para nuestra salvación?

Sin duda alguna. Sin la gracia de Jesucristo, nadie podría ser salvo ni recibir las bendiciones eternas (véase Romanos 3:23–24). Mediante Su gracia, todos resucitarán y todos los que creen y le siguen tendrán la vida eterna (véase Juan 3:15). Además, mediante Su gracia, nuestra relación sagrada con nuestro cónyuge y con nuestra familia puede perpetuarse por toda la eternidad (véase Mateo 16:19; 1 Corintios 11:11; D. y C. 132:19). Estas bendiciones eternas son Sus dádivas a nosotros; no hay nada que pudiéramos hacer por nosotros mismos para merecerlas o ganárnoslas.

Sin embargo, las Escrituras dejan muy claro que recibimos la plenitud de las bendiciones por Su gracia mediante nuestra fe y obediencia a Sus enseñanzas. El apóstol Pablo enseña que no podemos salvarnos a nosotros mismos, sino que necesitamos la gracia del Señor: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:8–10).

Santiago explica lo siguiente: “Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma… Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Santiago 2:17, 24). Así se explica que el Salvador le dijera al joven rico que había sido obediente y deseaba la vida eterna, que todavía le quedaba algo por hacer (véase Mateo 19:16–22; Lucas 18:18–23). Los Santos de los Últimos Días creen que la gracia de Cristo se extiende en toda su abundancia a aquellos que creen en Él y hacen las obras que Él enseña. “…sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos” (2 Nefi 25:23; cursiva agregada).

Aunque nuestras buenas obras no pueden limpiarnos del pecado, sí muestran la sinceridad de nuestra fe en Jesucristo y nuestra fidelidad al camino que Él recorrió. 

¿Creen que José Smith es, en cierta manera, tan importante como Jesucristo a la hora de salvar a las personas?

No. José Smith fue un profeta importante en la historia de la humanidad. La obra que llevó a efecto bajo la dirección divina trajo a la tierra las bendiciones y el conocimiento que se habían otorgado a los profetas de Dios y a sus seguidores en los tiempos del Antiguo y del Nuevo Testamento, pero que se habían perdido. José Smith fue, a semejanza de los profetas antiguos, un siervo del Señor Jesucristo que enseñó que la salvación y todas las bendiciones de la eternidad solamente se podían lograr por medio de nuestro Salvador:
 “Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y de los profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente apéndices de eso”. En otra ocasión, el Profeta enseñó: “Al considerar la santidad y la perfección de nuestro gran Maestro, que ha abierto un camino por el cual podamos venir a Él, aun con el sacrificio de Sí mismo, nuestro corazón se enternece ante Su condescendencia”. 

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LAS PALABRAS DE DIOS JAMÁS CESAN

El Rincón Sud les trae el nuevo vídeo publicado en el canal Mormon Messages de la Iglesia, titulado "Las palabras de Dios nunca cesan", brindado por el Elder Jeffrey R. Holland del Quorum de los Doce Apóstoles.



También puedes encontrar este vídeo en el canal Mormon Messages, en la sección de vídeos de Mensajes Mormones de El Rincón Sud o en el Canal de YouTube de El Rincón Sud.
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LA EXPIACIÓN DE JESUCRISTO

Mensaje tomado del sitio web Jesus Christ, The Son of God.

Por el Elder Jeffrey R. Holland
Del Consejo de los Doce Apóstoles

En el huerto de Getsemaní

Cuando era un joven misionero, el élder Orson F. Whitney (1855–1931), que más tarde prestó servicio en el Quórum de los Doce Apóstoles, tuvo un sueño tan intenso que cambió su vida para siempre. Más adelante escribió lo siguiente:

“Una noche soñé… que me hallaba en el huerto de Getsemaní, presenciando la agonía del Salvador… Me hallaba detrás de un árbol, en primer plano. Jesús, en compañía de Pedro, Santiago y Juan, pasó por una pequeña portezuela situada a mi derecha, y luego de dejar a los tres apóstoles allí y después de decirles que se arrodillaran y oraran, Él se fue hacia el otro lado, donde también se arrodilló y oró:‘…Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú’.

“Mientras oraba, las lágrimas le bañaban el rostro, que se hallaba en dirección a mí. Tanto me conmovió lo que estaba presenciando, que también lloré, movido por la lástima que en mí provocaba Su gran pesar. Todo mi corazón estaba con Él. Lo amaba con toda mi alma y anhelaba estar con Él como jamás he deseado nada en mi vida.

“Poco después se levantó y caminó hasta donde los apóstoles estaban arrodillados… ¡y dormidos! Los sacudió con dulzura, los despertó y, con un tono de tierno reproche, totalmente desprovisto de la menor intención de ira o reprimenda, les preguntó si acaso no podían velar con Él al menos una hora…

“Regresó a su sitio, oró de nuevo y volvió para encontrarlos nuevamente dormidos. Una vez más los despertó, los amonestó y volvió a orar como había hecho antes. Eso sucedió en tres ocasiones, hasta que me familiaricé perfectamente con Su apariencia, Su rostro, Su forma y Sus movimientos. Era de estatura noble y porte majestuoso… como el Dios que fue y es, pero a la vez manso y humilde como un niño.

“De repente, la situación pareció cambiar… ahora, ya había tenido lugar la Crucifixión y el Salvador, junto con esos tres apóstoles, se encontraban, en grupo, a mi izquierda. Estaban a punto de partir y de ascender al cielo. Ya no pude soportarlo más; salí corriendo de detrás del árbol, caí a Sus pies, me abracé a Sus rodillas y le supliqué que me llevara con Él.

“Jamás olvidaré la forma tierna y bondadosa en que se inclinó, me levantó y me abrazó. Era tan vívido, tan real, que pude sentir el calor de Su pecho, contra el cual tenía recostada la cabeza. Entonces me dijo: ‘No, hijo mío; ellos han terminado su obra y pueden acompañarme, pero tú debes quedarte y terminar la tuya’. Aún me hallaba abrazado a Él y, con la mirada elevada hacia Su rostro —pues era más alto que yo—, le supliqué de todo corazón: ‘Al menos prométeme que al final iré contigo’. Sonrió dulce y tiernamente y dijo: ‘Eso dependerá totalmente de ti’. Desperté con un sollozo en la garganta, y ya había amanecido”.

El porqué de la Expiación

Ese vistazo tierno y personal del amoroso sacrificio del Salvador es una introducción apropiada para explicar el significado de la expiación de Jesucristo. En verdad, la expiación del Unigénito Hijo de Dios en la carne es el fundamento crucial sobre el cual descansa toda la doctrina cristiana y la expresión más grandiosa de amor divino que ha recibido este mundo en toda su existencia. El énfasis que se le da en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días nunca se podría calificar de exagerado. El significado de todo otro principio, mandamiento y virtud del Evangelio restaurado depende de este acontecimiento fundamental.

La Expiación fue el acto preordenado pero voluntario del Hijo Unigénito de Dios, en el cual Él ofreció Su vida y Su angustia espiritual como rescate redentor por los efectos que tuvo la caída de Adán sobre toda la humanidad y por los pecados personales de todos los que se arrepintieran.

La acepción literal del vocablo inglés atonement [expiación] lo explica por sí mismo: “at-one-ment” [unirse en uno], o sea, la unión de las cosas que hayan estado separadas o apartadas. La expiación de Jesucristo era indispensable debido a la separación producida por la transgresión, o caída, de Adán, que trajo al mundo dos tipos de muerte cuando él y Eva comieron el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. La muerte física trajo la separación del espíritu y el cuerpo; y la muerte espiritual, la separación de la presencia de Dios, tanto del cuerpo como del espíritu. Como resultado de la Caída, todas las personas nacidas en la tierra iban a sufrir ambos tipos de muerte. Pero debemos recordar que la Caída formaba parte esencial del plan divino del Padre Celestial; sin ella, Adán y Eva no hubieran dado nacimiento a ningún ser mortal, y no hubiera habido ninguna familia humana que experimentara la oposición y el progreso, el albedrío moral ni el gozo de la resurrección, la redención y la vida eterna.

La necesidad de esa Caída y de una expiación que compensara sus efectos se explicó en un concilio preterrenal que tuvo lugar en el cielo, al que asistieron los espíritus de toda la familia humana y el cual presidió Dios el Padre. Fue en ese escenario preterrenal que Cristo se ofreció voluntariamente para honrar el albedrío moral de toda la humanidad al mismo tiempo que expiaría sus pecados. Al hacerlo, devolvería al Padre toda la gloria por tal acto de amor y redención.

Esa expiación infinita de Cristo fue posible porque: (1) Él era el único hombre sin pecado que iba a vivir en esta tierra y, por lo tanto, no estaba sujeto a la muerte espiritual causada por el pecado; (2) Él era el Unigénito del Padre y, por ese motivo, poseía los atributos divinos de un dios, que le dieron poder sobre la muerte física; y (3) en el concilio preterrenal, aparentemente Él era el único suficientemente humilde y dispuesto a ser preordenado para prestar ese servicio.

Los dones de la expiación de Cristo

Algunos de los dones que recibimos gracias a la Expiación son universales, infinitos e incondicionales; entre éstos se cuenta Su rescate de la transgresión original de Adán, a fin de que no se hiciera responsable de aquel pecado a ningún miembro de la familia humana. Otro don universal es la resurrección de los muertos de todo hombre, mujer y niño que viva ahora, que haya vivido y que viva después en la tierra.

Otros aspectos del don expiatorio de Cristo son condicionales y dependen de la diligencia que se tenga para cumplir los mandamientos de Dios. Por ejemplo, aun cuando todos los miembros de la familia humana reciben gratuitamente una absolución del pecado de Adán, sin tener que poner nada de su parte, no se les concede absolución de sus propios pecados a menos que prometan tener fe en Cristo y se arrepientan de esas transgresiones, que sean bautizados en Su nombre, reciban el don del Espíritu Santo y sean confirmados como miembros de la Iglesia de Cristo, y que avancen con fiel perseverancia durante el resto de su jornada por la vida. Sobre ese desafío individual, Cristo dijo:

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

“mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo”.

Más aún, aunque la resurrección del cuerpo es un don gratuito y universal de Cristo, un resultado de Su victoria sobre la muerte, la naturaleza del cuerpo resucitado (o sea, el “grado de gloria” que reciba), así como el momento de resucitar de cada uno, dependen directamente de la fidelidad que se tenga en esta vida. El apóstol Pablo dejó en claro, por ejemplo, que en la resurrección los que se dediquen a Cristo completamente “resucitarán primero”. La revelación moderna aclara las diferentes clases de cuerpos resucitados, prometiendo el grado más alto de gloria sólo a los que obedezcan los principios y ordenanzas del evangelio de Jesucristo.

Por supuesto, ni las bendiciones incondicionales ni las condicionales de la Expiación están a nuestro alcance, si no fuera por medio de la gracia de Cristo. Obviamente, las bendiciones incondicionales de la Expiación no se ganan, pero las condicionales tampoco se ganan únicamente por méritos; si se vive fielmente y se guardan los mandamientos de Dios, se pueden recibir privilegios extras; no obstante, éstos se nos dan por magnanimidad, no porque los ganemos oficialmente. En el Libro de Mormón, se afirma con énfasis que “ninguna carne puede morar en la presencia de Dios, sino por medio de los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías”.

Por esa misma gracia, Dios pone a disposición la salvación para los niños pequeños, las personas mentalmente discapacitadas, las que vivan sin haber oído el evangelio de Jesucristo, etc.; ellos son redimidos por el poder universal de la expiación de Cristo y tendrán la oportunidad de recibir la plenitud del Evangelio después de la muerte, en el mundo de los espíritus, donde éstos residen esperando la resurrección.

El sufrimiento y el triunfo

A fin de cumplir con los requisitos de la Expiación, el Cristo sin pecado fue al huerto de Getsemaní, como lo vio el élder Whitney en su sueño, para sufrir la agonía de alma que solamente Él podía soportar. Allí “comenzó a entristecerse y a angustiarse”, diciendo a Pedro, Santiago y Juan: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte”. ¿Por qué? Porque sufrió “los dolores de todos los hombres, sí, de toda criatura viviente, tanto hombres como mujeres y niños, que pertenecen a la familia de Adán”. Él experimentó “tentaciones, y dolor en el cuerpo, hambre, sed y fatiga, aún más de lo que el hombre puede sufrir sin morir; pues he aquí, la sangre le [brotó] de cada poro, tan grande [era] su angustia…”.

Por medio de ese sufrimiento, Jesús redimió las almas de todos los hombres, mujeres y niños, “para que sus entrañas sean llenas de misericordia, según la carne, a fin de que sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos”. Para ello, Cristo “descendió debajo de todo” —incluso de toda clase de padecimiento, enfermedad y triste desaliento por los que pasa todo ser mortal— para que pudiera comprender “todas las cosas, a fin de que estuviese en todas las cosas y a través de todas las cosas, la luz de la verdad”.

La extrema soledad y el dolor insoportable de la Expiación que comenzaron en Getsemaní alcanzaron su intensidad máxima cuando, después de sufrir indecible tortura a manos de los soldados romanos y de otras personas, Cristo exclamó desde la cruz: “…Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. En las profundidades de aquella angustia, hasta la naturaleza misma se turbó: “…hubo tinieblas sobre toda la tierra… Y el sol se oscureció”. “Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron”, haciendo que muchas personas exclamaran: “¡El Dios de la naturaleza padece!”. Finalmente, incluso lo que parecía insoportable se llevó a cabo y Jesús dijo: “Consumado es”. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Algún día, en algún lugar, se llamará a toda lengua humana para que confiese, como lo hizo un centurión romano que presenció todo eso: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”.

Para la mujer y el hombre reflexivos, es “motivo de gran asombro”el hecho de que el sacrificio voluntario y misericordioso de un solo Ser pudiera satisfacer las exigencias eternas e infinitas de la justicia, expiar toda transgresión y mala acción humana y, de esa manera, abarcar compasivamente a toda la humanidad en Su abrazo misericordioso. Pero así es.

Cito al presidente John Taylor (1808–1887): “De una manera que para nosotros es incomprensible e inexplicable, Él llevó la carga de los pecados del mundo entero, no sólo de Adán sino de su posteridad; y al hacerlo, abrió el reino de los cielos, no solamente para todos los creyentes y los que obedecieran la ley de Dios, sino para más de la mitad de la familia humana que muera sin llegar a la edad de responsabilidad, así como también para aquellos que… mueran sin conocer la ley”.

Que podamos sentir lo mismo que el élder Whitney sintió con respecto a este magnífico don y al Dador de quien lo recibimos: “Tanto me conmovió [Su don]… que también lloré… Todo mi corazón estaba con Él. Lo amaba con toda mi alma y anhelaba estar con Él como jamás he deseado nada en mi vida”. Por haber ofrecido la Expiación en nuestro beneficio, Cristo ha hecho Su parte para que ese anhelo se convierta en realidad. El resto dependerá exclusivamente de nosotros.

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