CONFERENCIA GENERAL OCTUBRE DE 2010 - SESIÓN DEL SÁBADO POR LA TARDE

El Rincón Sud les trae hoy la Sesión del Sábado por la  tarde de la Conferencia General de la Iglesia de Octubre de 2010.

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CONFERENCIA GENERAL OCTUBRE DE 2010 - SESION SABADO POR LA MAÑANA

Estimados seguidores de El Rincón Sud, hoy quiero dejarles la Sesión del Sábado por la mañana de la Conferencia General de Octubre de 2010.

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EN EL HOGAR PARA NAVIDAD


POR EL PTE. HENRY B. EYRING
Liahona diciembre 2009, págs. 3 – 7

Hay una canción que oí por primera vez cuando era niño, una canción sobre la Navidad y el hogar.

Aquellos eran tiempos de guerra en los que muchas personas se hallaban lejos de su hogar y su familia, días negros para los que temían no volver a reunirse en esta vida con sus seres amados. Recuerdo lo que sentí poco antes de Navidad al pasar por una casa en camino a la escuela y ver en la ventana una pequeña bandera con una estrella dorada; allí vivía una niña a la que conocía de la escuela y cuyo hermano, no muchos años mayor que yo, había muerto en la guerra. Conocía también a los padres y, en parte, percibía lo que ellos sentían. En el regreso a casa después de las clases, me sentía agradecido por la expectativa de la alegre bienvenida que me esperaba en mi hogar.

Cuando encendía la radio en nuestra sala durante la época navideña, escuchaba palabras y música que todavía conservo en la memoria. Unos versos de aquella canción me tocaban el corazón por el anhelo que expresaban de estar con familia.

En ese tiempo vivía con mis padres y hermanos en un hogar feliz, así que presentía que ese anhelo era algo más que el estar en una casa o con la vida familiar que disfrutaba entonces; se relacionaba con un lugar y una vida del futuro, aún mejores de lo que conocía o podía siquiera imaginar.

La parte de la canción que recuerdo más es: “Estaré en mi hogar para Navidad, aunque sólo sea en mis sueños”1. La casa en la que adornaba el árbol de Navidad con mi madre y mi padre en aquellos días felices de mi infancia todavía existe y no ha cambiado mucho.

Hace unos años volví a ella y llamé a la puerta; los que me recibieron eran desconocidos para mí, pero me dejaron entrar en los cuartos donde había estado la radio y donde nuestra familia se reunía alrededor del árbol de Navidad.

Me di cuenta entonces de que el deseo de mi corazón no se relacionaba con el estar en una casa, sino que era el deseo de estar con mi familia, de sentirme envuelto en el amor y en la luz de Cristo, aun más de lo que nuestro pequeño grupo familiar había sentido en el hogar de mi infancia.

El anhelo de un amor eterno

Lo que todos nosotros anhelamos profundamente, en la época navideña y siempre, es sentirnos ligados por el amor con la dulce certeza de que esa unión durará eternamente. Tal es la promesa de la vida eterna, de la cual Dios ha dicho que es Su don más grandioso para Sus hijos (véase D. y C. 14:7), y se hace posible gracias a los dones de Su Hijo Amado: el nacimiento, la expiación y la resurrección del Salvador. Es por medio de la vida y la misión de Él que tenemos la seguridad de que podremos seguir unidos en amor y vivir con nuestra familia eternamente.

Ese sentimiento de anhelo por el hogar es innato en nosotros. Es un sueño maravilloso que no puede hacerse realidad sin tener gran fe, lo suficiente como para que el Espíritu Santo nos guíe al arrepentimiento, al bautismo y a hacer y mantener convenios sagrados con Dios. Esa fe exige que soportemos valerosamente las pruebas de la vida terrenal; y luego, en la vida venidera, recibir de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo Amado una bienvenida a aquel hogar de nuestros sueños.

Incluso en esta vida podemos tener la certeza de que llegará ese día y sentir algunos de los gozos que experimentaremos cuando por fin lleguemos al hogar. La celebración del nacimiento del Salvador en Navidad nos ofrece oportunidades especiales de disfrutar de ellos en esta vida.

Cómo encontrar el gozo prometido

Muchos de nosotros hemos perdido a seres queridos por la muerte. Tal vez estemos rodeados de personas que tratan de destruir nuestra fe en el Evangelio y las promesas de vida eterna que nos ha hecho el Señor; algunos estaremos afligidos por enfermedades y por la pobreza; otros quizás enfrenten contención en su familia o no tengan ningún familiar. Aun así, podemos pedir que la luz de Cristo nos ilumine y nos permita ver y sentir algunos de los prometidos gozos que nos esperan.

Por ejemplo, al reunirnos en ese hogar celestial, estaremos rodeados por los que hayan sido perdonados de todo pecado y, a su vez, se hayan perdonado los unos a los otros; podemos disfrutar algo de ese gozo ahora, especialmente al recordar y celebrar los dones que el Salvador nos ha dado. Él vino al mundo para ser el Cordero de Dios, para pagar el precio de todos los pecados de los hijos de Su Padre en la vida terrenal, a fin de que todos reciban el perdón.

En la época de Navidad, sentimos un deseo más grande de recordar al Salvador y meditar sobre Sus palabras; Él nos advierte que no se nos puede perdonar a menos que perdonemos a los demás (véase Mateo 6:14–15), lo cual muchas veces es difícil; por eso, deben orar para pedir ayuda.

Muchas veces recibirán esa ayuda para perdonar si se les permite ver que ustedes han causado tanto o mayor dolor del que han recibido de otros.

Si actúan conforme a la respuesta que reciban a su oración de pedir fortaleza para perdonar, sentirán que se ha levantado un peso de sus hombros. El resentimiento es una carga muy pesada; pero al perdonar, sentirán el gozo de ser perdonados. En esta época navideña pueden ofrecer y recibir el regalo del perdón; la felicidad que sentirán entonces será una vislumbre de lo que sentiremos juntos en ese hogar eterno que anhelamos.

Sintamos el gozo de dar

Hay otra vislumbre de ese futuro hogar gozoso que podemos percibir mejor en Navidad: es el sentimiento de dar con un corazón generoso, y lo experimentamos al pensar más en las necesidades de los demás que en las nuestras y al comprender lo generoso que ha sido Dios con nosotros.

Nos alienta el ver la bondad de otras personas en la época navideña. ¿Cuántas veces han ido a dejar un regalo en el umbral de una puerta, esperando que nadie los viera, y se han encontrado con regalos que otro ya había dejado allí? O, habiendo tenido la impresión de ayudar a alguien, como me ha pasado a mí, se han enterado después de que tuvieron la inspiración de dar exactamente lo que esa persona necesitaba en aquel preciso momento. Eso nos da la maravillosa seguridad de que Dios conoce todas nuestras necesidades y cuenta con nosotros para atender a las de los que nos rodean.

Él nos envía esos mensajes durante los días de Navidad con mayor confianza, sabiendo que responderemos porque nuestro corazón está más receptivo al ejemplo del Salvador y a las palabras de Sus siervos. Es la época en la que es más probable que hayamos leído recientemente lo que dijo el rey Benjamín y nos hayamos conmovido con sus palabras. Él enseñó a su pueblo, así como a nosotros, que el asombroso regalo del perdón que recibimos debe hacernos sentir llenos de generosidad hacia los demás:

“Y he aquí, ahora mismo habéis estado invocando su nombre, suplicando la remisión de vuestros pecados. ¿Y ha permitido él que hayáis pedido en vano? No; él ha derramado su Espíritu sobre vosotros, y ha hecho que vuestros corazones se llenaran de alegría, y ha hecho callar vuestras bocas de modo que no pudisteis expresaros, tan extremadamente grande fue vuestro gozo.

“Y ahora bien, si Dios, que os ha creado, de quien dependéis por vuestras vidas y por todo lo que tenéis y sois, os concede cuanta cosa justa le pedís con fe, creyendo que recibiréis, ¡oh cómo debéis entonces impartiros el uno al otro de vuestros bienes!

“Y si juzgáis al hombre que os pide de vuestros bienes para no perecer, y lo condenáis, cuánto más justa será vuestra condenación por haberle negado vuestros bienes, los cuales no os pertenecen a vosotros sino a Dios, a quien también vuestra vida pertenece; y con todo, ninguna petición hacéis, ni os arrepentís de lo que habéis hecho.

“Os digo: ¡Ay de tal hombre, porque sus bienes perecerán con él! Y digo estas cosas a los que son ricos en lo que toca a las cosas de este mundo” (Mosíah 4:20–23).

Ustedes ya han sentido el gozo de dar y de recibir generosamente; ese gozo en esta vida es un atisbo de lo que sentiremos en la vida venidera si somos generosos aquí motivados por nuestra fe en Dios. El Salvador es nuestro magnífico ejemplo, y en Navidad volvemos a reflexionar en quién es Él y en la generosidad que Él nos extendió al venir al mundo para ser nuestro Salvador.

Por ser el Hijo de Dios, nacido de María, Él tuvo el poder de resistir toda tentación al pecado; y vivió una vida perfecta a fin de ser la ofrenda de sacrificio infinito, el Cordero sin mancha prometido desde el principio del mundo (véase Apocalipsis 13:8). Él sufrió el tormento de la culpa de nuestros pecados y de todos los de los hijos del Padre Celestial, para que podamos ser perdonados y volver limpios al hogar.

Nos otorgó esa dádiva a un precio que no podemos siquiera concebir; fue un don que a Él no le hacía falta pues no tenía necesidad de ser perdonado. El gozo y la gratitud que sentimos ahora por Su dádiva serán magnificados y perdurarán eternamente cuando lo honremos y lo adoremos en nuestro hogar celestial.

La época de la Navidad nos anima a recordarlo y a pensar en Su generosidad infinita; el recordar esa generosidad contribuirá a que sintamos la inspiración de que hay alguien que necesita nuestra ayuda y respondamos a ella, y nos permitirá ver la mano de Dios que se extiende hasta nosotros cuando Él nos envía a una persona que nos auxilie, como lo hace tantas veces. Hay gozo en dar y en recibir la generosidad que Dios inspira, especialmente en Navidad.

Somos bendecidos con Su Luz

Hay otro vislumbre del cielo que se aprecia con más facilidad en la Navidad: es la luz. El Padre Celestial hizo uso de la luz para anunciar el nacimiento de Su Hijo, nuestro Salvador (véase Mateo 2; 3 Nefi 1), con una estrella nueva que fue visible tanto en el hemisferio oriental como en el occidental y que condujo a los Reyes Magos hasta donde estaba el Niño en Belén. Incluso el malvado rey Herodes reconoció la señal y tuvo miedo, porque era inicuo. Los magos se regocijaron por el nacimiento del Cristo, que es la Luz y la Vida del mundo. Y Dios dio como señal a los descendientes de Lehi tres días de luz, sin oscuridad, para anunciarles el nacimiento de Su Hijo.

En la Navidad recordamos no sólo la luz que anunció que Cristo había nacido en el mundo sino también la que proviene de Él. Muchos son los testigos que la han confirmado. Pablo testificó que la vio en su camino a Damasco:

“…vi una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol, la cual me rodeó a mí y a los que iban conmigo.

“Y habiendo caído todos nosotros en tierra, oí una voz que me hablaba, y decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón.

"Yo entonces dije: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (Hechos 26:13–15).

José Smith, siendo muchacho, testificó que había visto una luz maravillosa en una arboleda de Palmyra, Nueva York, al principio de la Restauración:

“…precisamente en este momento de tan grande alarma vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta quedar sobre mí.

“No bien se apareció, me sentí libre del enemigo que me había sujetado. Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” ( José Smith—Historia :16–17).

Esa luz será visible en nuestro hogar celestial y nos brindará gozo. Sin embargo, por medio de la Luz de Cristo, incluso en esta vida ustedes han sido bendecidos con una porción de esa magnífica experiencia. Toda persona que nace en el mundo recibe esa luz como un don (véase Moroni 7:16). Piensen en las veces en las que les ha ocurrido algo que los hace testigos de que la Luz de Cristo es real y preciosa. En este pasaje de las Escrituras, que nos ofrece una seguridad maravillosa, reconocerán que han sido guiados por esa luz:

“Y lo que no edifica no es de Dios, y es tinieblas.

“Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto.

“Y… lo digo para que sepáis la verdad, a fin de que desechéis las tinieblas de entre vosotros” (D. y C. 50:23–25).

En un mundo que está oscureciéndose con imágenes depravadas y mensajes deshonestos, ustedes han sido bendecidos para reconocer más fácilmente los destellos de la luz y la verdad. Han aprendido por experiencia propia que la luz resplandece con mayor fulgor cuando la reciben con alegría; y se volverá cada vez más brillante hasta el día perfecto en que estemos en presencia de la Fuente de esa luz.

Es más fácil reconocerla en los días de la Navidad, cuando estamos más motivados a orar para saber lo que Dios quiere que hagamos y cuando estamos más inclinados a leer las Escrituras y, por lo tanto, más propensos a dedicarnos a la obra del Señor. Cuando perdonamos y recibimos perdón, cuando levantamos las manos caídas (véase D. y C. 81:5), nosotros mismos somos elevados al encaminarnos hacia la Fuente de la luz.

Recordarán que en el Libro de Mormón se describe una circunstancia gloriosa cuando en los fieles discípulos del Salvador se reflejó Su luz, para que otras personas la vieran (véase 3 Nefi 19:24–25). Nosotros utilizamos luces para celebrar la Navidad. La forma en que adoramos al Salvador y el servicio que le rendimos brindan luz a nuestra vida y a la de aquellos que nos rodean.

Podemos establecernos con confianza la meta de hacer que esta Navidad sea más resplandeciente que la última, y que cada año que siga lo sea más y más. Las pruebas de la vida terrenal podrán aumentar en intensidad, pero la oscuridad no tiene porqué aumentar para nosotros si enfocamos la vista más particularmente en la luz que nos ilumina al seguir al Maestro. Él nos guiará y nos auxiliará a lo largo del sendero que conduce hacia aquel hogar que anhelamos. Ha habido momentos, muchas veces en Navidad, en los que hemos percibido parte de lo que experimentaremos cuando por fin lleguemos al hogar, al Padre que nos ama y contesta nuestras oraciones y al Salvador que ha iluminado nuestra vida y nos ha ennoblecido.

Testifico que, gracias a Él, ustedes pueden tener la seguridad de volver al hogar no sólo en Navidad sino también para vivir eternamente con una familia a la que aman y cuyos miembros se aman entre sí. 

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"CUIDAOS DEL ORGULLO"

El Rincón Sud les trae el maravilloso mensaje pronunciado por el Presidente Ezra Taft Benson en el año 1989, titulado "Cuidaos del orgullo", a fin de que podamos releerlo y utilizar las palabras de este hombre de Dios para hacer los cambios necesarios en nuestras vidas.

"CUIDAOS DEL ORGULLO"


"El orgullo es el pecado universal, el gran vicio ... El orgullo es la gran piedra de tropiezo de Sión."

Mis amados hermanos. me regocijo de estar con vosotros en otra gloriosa conferencia general de la Iglesia. Cuán agradecido estoy por el amor, las oraciones y el servicio de los devotos miembros de la Iglesia que hay en todo el mundo.

Quisiera elogiar a los santos fieles que están esforzándose por inundar la tierra con el Libro de Mormón y absorber sus enseñanzas ellos mismos. No sólo debemos sacar a luz, de manera extraordinaria, más ejemplares de este libro, sino que debemos hacer penetrar en nuestra propia vida y en toda la tierra más de sus maravillosos mensajes.

Este libro sagrado se escribió para nosotros, para nuestros días. Debemos aplicar sus enseñanzas a nosotros mismos (véase 1 Nefi 19:23).

Doctrina y Convenios nos dice que el Libro de Mormón es el registro de "un pueblo caído" (véase D. y C. 20:9). ¿Y por qué cayó ese pueblo? Ese es uno de los mensajes principales del Libro de Mormón. Mormón mismo da la respuesta en los últimos capítulos del libro con estas palabras.

"He aquí, el orgullo de esta nación, o sea el pueblo de los nefitas, ha sido la causa de su destrucción a menos que se arrepientan." (Moroni 8:27)

Y luego, no sea que podamos perder el significativo mensaje del Libro de Mormón que nos legó ese pueblo caído, el Señor nos advierte en Doctrina y Convenios: "Cuidaos del orgullo, no sea que lleguéis a ser como los nefitas de la antigüedad" (D. y C. 38:39).

Sinceramente deseo la ayuda de vuestra fe y vuestras oraciones al tratar de aclarar este mensaje del Libro de Mormón sobre el pecado del orgullo. Este es un mensaje que he tenido pesándome sobre el alma durante algún tiempo ya. Sé que el Señor quiere que os lo comunique ahora a vosotros.

En el concilio preterrenal, fue el orgullo lo que hizo caer a Lucifer, el hijo de la mañana (véase 2 Nefi 24:12-15: D. y C. 76:25-27; Moisés 4:3). Al llegar el fin de este mundo, cuando Dios purifique la tierra con fuego, los orgullosos serán quemados como estopa y los mansos heredarán la tierra (véase 3 Nefi 12:5, 25:1; D. y C. 29:9; JS-H 1:37; Malaquías 4:1).

En Doctrina y Convenios el Señor emplea tres veces la frase "cuídate del orgullo", y hace una advertencia a propósito de él al segundo élder de la Iglesia, Oliverio Cowdery, y a Emma Smith, esposa del Profeta (D. y C. 23:1; véase también 25:14; 38:39).

El orgullo es un pecado muy mal interpretado y muchos pecan en la ignorancia (véase Mosíah 3:11: 3 Nefi 6:18). En las Escrituras no hay nada que hable de un orgullo justo. sino que siempre se considera un pecado. Por tanto, sea cual sea la forma en que el mundo emplee la palabra, nosotros debemos entender la forma en que Dios la emplea para poder comprender el lenguaje de las Sagradas Escrituras y sacar provecho de ellas (véase 2 Nefi 4:15; Mosíah 1:3-7; Alma 5:61).

La mayoría de nosotros piensa en el orgullo lo como egotismo, vanidad, jactancia, arrogancia o altivez; aunque todos éstos son elementos que forman parte de ese pecado, su núcleo no esta en ellos.

La característica principal del orgullo es la enemistad: enemistad hacia Dios y enemistad hacia nuestro, semejantes. Enemistad significa "aversión. odio, resentimiento" u oposición. Es el poder por el cual Satanás desea dominarnos.

El orgullo en su naturaleza fomenta la competencia. Oponemos nuestra voluntad a la de Dios. Cuando lo hacernos blanco a El de nuestro orgullo, es con la actitud de decir: "Que se haga mi voluntad y no la tuya". Como dijo Pablo. "todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús (Filipenses 2:21).

Nuestra voluntad en competencia con la de Dios deja que nuestros deseos, apetitos y pasiones corran desenfrenados (véase Alma 38:12; 3 Nefi 12:30).

Los orgullosos no pueden aceptar que la autoridad de Dios dé dirección a su vida (véase Helamán 12:6). Ellos oponen sus percepciones de la verdad contra el conocimiento omnisciente de Dios, su capacidad contra el poder del Sacerdocio de Dios sus propios logros contra las obras grandiosas de El.

Nuestra enemistad contra Dios puede ir marcada con etiquetas variadas, como la rebelión, la dureza de corazón, la dureza de cerviz, la impiedad, la vanidad, la facilidad para ofenderse y el deseo de recibir señales. Los orgullosos quieren que Dios esté de acuerdo con ellos; pero no tienen interés en cambiar de opinión para que la suya esté de acuerdo con la de Dios.

Otro aspecto importante de este pecado tan prevaleciente es la enemistad hacia nuestros semejantes. Diariamente nos vernos tentados a elevarnos por encima de los demás y disminuirlos a ellos (véase Helamán 6:17; D. y C. 58:41).

Los orgullosos hacen de toda persona su adversario oponiendo a los demás su intelecto, opiniones, trabajos, posesiones, talento y otros valores mundanos. Según las palabras de C. S. Lewis: "El orgullo no encuentra placer en poseer algo, sino en poseerlo en mayor cantidad que el vecino ... Lo que nos enorgullece es la comparación, el placer de colocarnos por encima de los demás. Una vez que desaparece el elemento de competencia, el orgullo deja de existir”. (Mere Christianity, Nueva York: Macmillan, 1952, págs. 109-110.)

En el concilio preterrenal, Lucifer presentó su propuesta en competencia con el plan del Padre, por el que Jesús abogaba (véase Moisés 4:13). Lucifer quería recibir honor por encima de todos los demás (véase 2 Nefi 24:13). En resumen, su orgulloso deseo era destronar a Dios (véase D. y C. 29:36; 76:28).

Las Escrituras están repletas de evidencias de las graves consecuencias que trae el pecado del orgullo al hombre individualmente o en grupos, a las ciudades y las naciones. "Antes del quebrantamiento es [el orgullo]" (Proverbios 16:18). Eso fue lo que destruyó a la nación nefita y a la ciudad de Sodoma (véase Moroni 8:27; Ezequiel 16:49-50).

Por el orgullo Cristo fue crucificado. Los fariseos estaban irritados porque Jesús proclamaba ser el Hijo de Dios, lo cual ponía en peligro la posición de ellos, y por eso tramaron su muerte (véase Juan 11:53).

Saúl se convirtió en enemigo de David por causa del orgullo. Estaba celoso porque la multitud de las mujeres de Israel cantaban diciendo: "Saúl hirió a sus miles y David a sus diez miles" ( 1 Samuel 18:6-8).

Los orgullosos temen más al juicio de los hombres que al juicio de Dios (véase D. y C. 3:6-7: 30:1-2; 60:2). La idea "Qué pensarán los demás” pesa más para ellos que la de “Qué pensara Dios de mí”.

El rey Noé estaba a punto de liberar al profeta Abinadí. pero sus malvados sacerdotes apelaron a su orgullo y esto envió a Abinadí a la hoguera (véase Mosíah 17:11-12). Herodes se entristeció ante la exigencia de su esposa de que le cortara la cabeza a Juan el Bautista; pero su orgulloso deseo de quedar bien ante los ojos "de los que estaban con él a la mesa" le hizo mandar matar a Juan (Mateo 14:9; véase también Marcos 6:26).

El temor de los juicios de los hombres se manifiesta en la competencia que tiene lugar por lograr la aprobación de los demás. Los orgullosos aman "más la gloria de los hombres que la gloria de Dios" (Juan 12:42-43). El pecado se manifiesta en los motivos que tenemos para hacer lo que hacemos. Jesús dijo que El hacía siempre lo que le agradaba al Padre (véase Juan 8:29). ¿No sería mejor que nuestro motivo fuera agradar a Dios en lugar de tratar de colocarnos por encima de nuestros hermanos y tratar de superarlos?

A algunos orgullosos no les preocupa tanto que su salario sea suficiente para sus necesidades como que sea mayor de lo que ganan otros. Hallan su recompensa en estar un poquito por encima de los demás. Esta es la enemistad del orgullo.

Cuando el orgullo se apodera de nuestro corazón, perdemos nuestra independencia del mundo y entregarnos nuestra libertad al cautiverio de los juicios humanos. La voz del mundo resuena más fuerte que los susurros del Espíritu Santo. El razonamiento de los hombres triunfa sobre las revelaciones de Dios y los orgullosos se sueltan de la barra de hierro (véase 1 Nefi 8:19-28; 11:25; 15:23-24).

El orgullo es un pecado que se puede observar fácilmente en los demás, pero que raramente admitimos en nosotros mismos. La mayoría de nosotros lo considera un pecado de los que están en la cumbre, como los ricos y los eruditos, mirándonos a nosotros "por encima del hombro" (véase 2 Nefi 9:42). Sin embargo, hay una dolencia mucho más común entre nosotros, y es la del orgullo de los que están abajo mirando hacia arriba; éste se manifiesta de diversas formas, como la crítica, el chisme, la calumnia, la murmuración, la pretensión de gastar más de lo que tenemos, la envidia, la codicia, la supresión de la gratitud y el elogio que podrían elevar a otro, y el rencor y los celos.

La desobediencia es esencialmente una lucha orgullosa por el poder en contra de alguien que tiene autoridad sobre nosotros. Puede tratarse de los padres, de un líder del sacerdocio, un maestro y hasta de Dios. El orgulloso aborrece la idea de que hay alguien que esté por encima de él, pues ­piensa que esto rebaja su propia posición.

El egoísmo es uno de los aspectos más comunes del orgullo. "La forma en que todo me afecta a mí" es la idea central de lo que es importante para la persona: el orgullo de quién es, la autocompasión, el interés por la fama del mundo, la gratificación de los deseos personales y de los propios intereses.

El orgullo da como resultado combinaciones secretas que se establecen para lograr poder, "riquezas y la gloria del mundo" (véase Helamán 7:5; Eter 8:9, 16, 22-23; Moisés 5:31). Este fruto del pecado del orgullo, es decir, las combinaciones secretas, destruyó a las civilizaciones de los jareditas y los nefitas, y ha sido y será todavía la causa de la caída de muchas naciones (véase Eter 8:18-25).

Otro aspecto del orgullo es la contención. Las discusiones acaloradas, las peleas, el dominio injusto, las grandes brechas entre las generaciones, el divorcio, el abuso de cónyuges, los tumultos y disturbios, todos encajan en esta categoría del orgullo.

La contención en la familia aleja de ella al Espíritu del Señor; también aparta a muchas personas de su familia. Su expresión varía desde una palabra hostil hasta los conflictos mundiales. Las Escrituras nos dicen que "[el orgullo] concebirá contienda" (Proverbios 13: 10; véase también 28:25).

Las Escrituras testifican que los orgullosos se ofenden fácilmente y guardan rencor por las ofensas (véase 1 Nefi 16:1-3). Se niegan a perdonar a fin de mantener a la otra persona en el papel de deudor y de justificar sus malos sentimientos.

El orgulloso no acepta mansamente los consejos ni la corrección (véase Proverbios 15:10; Amos 5:10). Se pone a la defensiva para justificar sus debilidades y sus faltas (véase Mateo 3:9; Juan 6:30-59).

El orgulloso depende del mundo para que lo diga si vale algo o no. Su autoestima se determina según el lugar en que se le juzgue en la escala del éxito mundano. Se considera de valor si la cantidad de personas que están por debajo de él en logros, talento, belleza o intelecto es bastante grande. El orgullo es muy malo. Su concepto es: “Si tú tienes éxito, yo soy un fracaso”.

Si amamos a Dios, hacemos su voluntad y tememos su juicio más que el del hombre, sentiremos autoestima.

El orgullo es un pecado condenatorio en todo el sentido de la palabra y limita o detiene el progreso (véase Alma 12:10-11). El orgulloso no es maleable de enseñar (véase 1 Nefi 15:3, 7:11); no cambia su manera de pensar para aceptar la verdad, porque eso implicaría que ha estado equivocado.

El orgullo afecta todas nuestras relaciones: la que tenemos con Dios y sus siervos, la de marido y mujer, de padres e hijos, de patrón y empleado, de maestro y alumno, y de toda la humanidad. Según el nivel a que esté nuestro orgullo, así trataremos a Dios y a nuestros hermanos. Cristo quiere elevarnos a su propia altura. ¿Deseamos nosotros lo mismo para nuestros semejantes?

El orgullo apaga nuestro sentido de que descendemos de Dios y que todos somos hermanos; nos separa y divide en clases, de acuerdo con nuestras "riquezas” y nuestras oportunidades de educación académica (véase 3 Nefi 6:12). La unidad es imposible entre un pueblo orgulloso, y a menos que seamos uno, no somos del Señor (véase Mosíah 18:21; D. y C. 38:27, 105:2-4; Moisés 7:18).

Pensad en lo que nos ha costado el orgullo en el pasado y en el precio que pagarnos por él ahora, nosotros mismos, nuestra familia, la Iglesia.

Pensad en el arrepentimiento que existiría con un cambio en la vida de las personas, con matrimonios sólidos con hogares fuertes si el orgullo no nos impidiera confesar nuestros pecados y abandonarlos (véase D. y C. 58:43). Pensad en los muchos miembros de la Iglesia que son menos activos porque han sido ofendidos y su orgullo no les permite perdonar ni sentarse a corner a la mesa del Señor.

Pensad en las decenas de miles de jóvenes y de matrimonios que podrían estar en misiones si no fuera por el orgullo que les impide entregar por completo su corazón a Dios (véase Alma 10:6; Helamán 3:34-35).

Pensad en cuánto aumentaría la obra del templo si fuera más importante dedicarnos a ese servicio sagrado que a los diversos intereses vanos que nos roban el tiempo.

El orgullo nos afecta a todos, en momentos diferentes y con distinta intensidad. En esto se puede ver por qué el edificio que estaba en el sueño de Lehi y que representaba "el orgullo del mundo” era “vasto y espacioso" y se reunieron en él grandes multitudes (véase 1 Nefi 8:26, 33; 11:35-36).

El orgullo es el pecado universal, el gran vicio. Sí, es el pecado universal, el gran vicio.

Su antídoto es la humildad, la mansedumbre, la docilidad (véase Alma 7:23). Es el corazón quebrantado y el espíritu contrito (véase 3 Nefi 9:20, 12:19; D. y C. 20:37, 59:8; Salmos 34:18; Isaías 57:15, 66:2). Como lo expreso tan acertadamente Rudyard Kipling en un himno:

"Huecos los gritos y el clamor,
los reyes vano poder son.
Este sacrificio quiere el Señor:
un contrito y humilde corazón.
Dios de las huestes, gran Jehová,
No nos permitas olvidar.
No nos permitas olvidar.
(Traducción libre. Véase “Dios de nuestros padres". Himnos 113)

Dios quiere un pueblo humilde. Podernos elegir entre ser humildes por decisión propia o porque se nos obligue a serlo. Alma dijo: “Benditos son aquellos que se humillan sin ser obligados a ser humildes” (Alma 32:16). Por lo tanto, tomemos la decisión de ser humildes.

Podemos ser humildes venciendo la enemistad hacia nuestros hermanos, amándolos como a nosotros mismos y elevándolos hasta nuestra altura o por encima de nosotros (véase D. y C. 38:24: 81:5; 84:106).

Podemos ser humildes aceptando los consejos y las amonestaciones que se nos dan (véase Jacob 4:10; Helamán 15:3; D. y C. 63:55, 101:4-5, 108:1; 124:61, 84; 136:31; Proverbios 9:8).

Podemos ser humildes perdonando a aquellos que nos hayan ofendido (véase 3 Nefi 13:11, 14; D. y C. 64:10).

Podemos ser humildes sirviendo con abnegación (véase Mosíah 3:16-17).

Podemos ser humildes cumpliendo misiones y predicando la palabra que hará humildes también a otras personas (véase Alma 4:19; 31:35; 48:20).

Podemos ser humildes asistiendo con más frecuencia al templo. Podemos ser humildes confesando y abandonando nuestros pecados y naciendo nuevamente de Dios (véase D. y C. 58:43; Mosíah 27:25-26; Alma 5:7-14, 49).

Podemos ser humildes amando a Dios, sometiendo nuestra voluntad a la suya y dándole a Él el lugar de prioridad en nuestra vida (véase 3 Nefi 11:11, 13:33; Moroni 10:32 ).

Tomemos la decisión de ser humildes. Podemos hacerlo; yo sé que podemos.

Mis queridos hermanos, debemos prepararnos para redimir a Sión. Lo que nos impidió establecer a Sión en los días del profeta José Smith fue principalmente el pecado del orgullo. Y este mismo pecado fue lo que puso fin al cumplimiento de la ley de consagración entre los nefitas (véase 4 Nefi 1:24-25).

El orgullo es la gran piedra de tropiezo para Sión. Repito, el orgullo es la gran piedra de tropiezo para Sión.

Debemos limpiar lo interior del vaso venciendo el orgullo (véase Alma 2-4; Mateo 23:25-26).

Debemos someternos "al influjo del Espíritu Santo", despojarnos "del hombre natural" orgulloso, convertirnos en santos por medio de "la expiación de Cristo el Señor" y volvernos como niños: sumisos, mansos, humildes (véase Mosíah 3:19; véase también Alma 13:28).

Que podamos hacerlo así y seguir adelante cumpliendo nuestro destino divino, es mi ferviente oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.
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CONFERENCIA GENERAL OCTUBRE DE 2009 RESUMEN SESIÓN DEL DOMINGO POR LA MAÑANA

Este es un pequeño resumen de la Sesión del Domingo por la Mañana de la Conferencia General de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

La conferencia fue dirigida por el Presidente Thomas S. Monson, Presidente de la Iglesia. de Jesucristo  de los Santos de los Últimos Días.
 
El Coro estuvo a cargo del Coro del Tabernáculo Mormón.
 
El primer mensaje estuvo a cargo del Presidente Henry B Eyring, Primer Consejero de la Primera Presidencia de la Iglesia, quien nos enseñó de que al vivir del evangelio de Jesucristo podemos ser mejores en la vida y de esa manera llegar a ser como el Salvador. Enseñó además que el amor es el principio motivador con el cual el Señor nos guía por el camino. Además destacó que se nos ha brindado la familia a fin de amar como él ama. Recalcó que el gozo vine por causa del amor y que el pesar viene por causa del egoísmo, lo que es contrario al amor. Instó a los esposas a buscare el bienestar del uno para con el otro, y de que juntos buscar el bienestar de sus hijos. Además invitó a los esposos y esposas a orar para poder encontrar y ver lo bueno en su cónyuge. Además nos recordó que el Señor es el ejemplo perfecto de amor.
 
El segundo mensaje estuvo a cargo del Elder L Tom. Perry, del Quórum de los Doce Apóstoles,  comenzó su mensaje recordando el sacrificio de los pioneros en la construcción de los templos en los principios de la Iglesia, los cuales se hicieron con sus propias manos sin contar con las maquinarias y tecnologías modernas. Nos instó a estar dispuestos a dedicarnos y sacrificarnos por la obra del Señor. Nos habló de los beneficios que ha proporcionado los cambios en el programa misional de la Iglesia, poniéndo énfasis en el trabajo de los barrios y de los miembros.
 
El tercer mensaje estuvo a cargo del Obispo H David. Burton, Obispo Presidente, quien omenzó su mensaje citando el Artículo de Fe N° 13 a fin de enfocar su mensaje en los atributos cristianos y las virtudes. Habló acerca de la inmoralidad que nos rodea hoy día, tanto en la política, la escuela , el deporte, entre otros. Alertó que  que el vivir sin virtudes traerán consecuencias devastadoras en la sociedad. Puso un especial énfasis en que las cualidades virtuosas se enseñan en el hogar, principalmente a través del ejemplo de los padres. Enseñó que la integridad es la madre de muchas virtudes y que una persona no pueda mostrar cualidades virtuosas si no posee integridad. Dijo que ahora es el momento de unirnos y rescatar aquello que es bueno, digno, de buena reputación  y digno de alabanza.

El cuarto mensaje fue dado por la Hermana Ann Dibb, Segunda Consejera de las Mujeres Jóvenes,
enfocó su mensaje en el utilizar los elementos que nos ha dado Dios para protegernos y enfrentar los desafíos de la vida. Enseñó que aprendemos y progresamos cuando superamos nuestros problemas con fe y perseverancia. Mencionó que las escrituras, los profetas y el Espíritu Santo se nos ha dado para ser guiados en la vida, el Señor nos ha brindado de ellos para que los utilicemos. Nos invitó a aferrarnos a la barra de hierro para encontró el camino que nos conduce a la vida eterna. Por último nos hizo una especial invitación a estudiar los relatos que contiene la visión del Árbol de la Vida de Lehí.

El quinto mensaje fue dado por el Elder Rusell M. Nelson, del Quórum de los Doce Apóstoles, quien comenzó su mensaje instándonos a buscar la ayuda celestial. Enseñó que para tener información celestial es necesario tener una fe firme y un deseo sincero de obtenerla. Enseñó que el don del discernimiento espiritual es un don eterno. Recalcó que los puestos en la Iglesia son para que los líderes edifique el reino de Dios y no para que se ensalcen a si mismos. Recalcó que la revelación moderna de Dios es siempre compatible con la ley eterna y no contradice la doctrina. Concluyó haciendo hincapié que todo Santo de los Últimos Días puede ser digno de recibir revelación personal.

El sexto y último mensaje fue dado por el Presidente Thomas S. Monson, Presidente de la Iglesia. de Jesucristo  de los Santos de los Últimos Días, quién enfocó su mensaje en el servicio, y nos instó a pensar en que podemos hacer cada día por alguna persona, nos pidió que brindemos servicios a otros con amor. Luego relató diferentes cartas que recibió para su cumpleaños las cuales contaban diferentes experiencias de servicio, desde niños de la primaria, hasta los quórumes del sacerdocio. Nos enseñó que la felicidad más grande para el hombre se logra cuando se pierde en el servicio a los demás. Recalcó que la misión de los miembros de la iglesia es aliviar a otros prestando servicio desinteresado.

Estes es un breve resumen brindado por El Rincón Sud.

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TESTIFICAMOS DE JESUCRISTO

Mensaje tomado del sitio web Jesus Christ, The Son of God.

Por Gordon B. Hinckley.

El Redentor de la humanidad nació hace poco más de dos mil años en Belén de Judea. Siendo niño, fue llevado al templo de Jerusalén, donde José y María oyeron las maravillosas profecías por boca de Simeón y Ana sobre el bebé que estaba destinado a ser el Salvador del mundo.

Pasó gran parte de Su infancia en Nazaret de Galilea y a la edad de doce años fue llevado nuevamente al templo. María y José lo hallaron conversando con hombres instruidos “y éstos le oían y le hacían preguntas” (Traducción de José Smith, Lucas 2:46).

Jesús llegó a la edad adulta y “crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Lucas 2:52). Juan lo bautizó en el río Jordán para “[cumplir] toda justicia” (Mateo 3:15). Ayunó durante 40 días y noches y soportó las tentaciones de Satanás antes de empezar Su ministerio público, tras lo cual anduvo enseñando, sanando y dando bendiciones. 

El gran Jehová

Jesús fue, en efecto, el gran Jehová del Antiguo Testamento, el que dejó las cortes reales de Su Padre en lo alto y condescendió a venir a la tierra como bebé, nacido en las circunstancias más humildes. Isaías predijo Su nacimiento siglos antes y declaró proféticamente: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6).

Este Jesucristo de quien solemnemente testificamos es, tal y como declara Juan el Revelador, “el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra”. Él “nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 1:5–6). 

El Salvador del mundo

Fue y es el Hijo del Todopoderoso, el único hombre perfecto que caminó sobre la tierra. Sanó a los enfermos e hizo caminar al cojo, ver al ciego y oír al sordo. Levantó a los muertos, pero aún así, estuvo dispuesto a entregar Su propia vida en un acto expiatorio, la magnitud del cual escapa a nuestra comprensión.
Lucas registra que Su angustia fue tan grande que “era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas 22:44), una manifestación física confirmada en el Libro de Mormón y en Doctrina y Convenios (véase Mosíah 3:7; D. y C. 19:18). El sufrimiento en Getsemaní y en la cruz del Calvario, apenas a unos cientos de metros de Getsemaní, incluyó, en lo temporal y lo espiritual, “tentaciones… dolor… hambre, sed y fatiga, aún más de lo que el hombre puede sufrir”, dijo el rey Benjamín, “sin morir” (Mosíah 3:7).

A la agonía de Getsemaní le siguieron Su arresto, Sus juicios, Su condena y el inexpresable dolor de Su muerte en la cruz, seguido de Su entierro en el sepulcro de José y Su triunfante resurgir en la Resurrección. Él, el bebé humilde de Belén que hace dos mil años anduvo por los polvorientos caminos de la Tierra Santa, se convirtió en el Señor omnipotente, el Rey de reyes, el Dador de salvación para todos. Nadie puede comprender plenamente el esplendor de Su vida, la majestuosidad de Su muerte, la universalidad de Su don a la humanidad. De manera inequívoca declaramos junto con el centurión que dijo cuando Él murió: “…Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos 15:39).  

Nuestro Señor Viviente

Éste es el testimonio del testamento del Viejo Mundo, la Santa Biblia. Y aún hay otra voz, la del testamento del Nuevo Mundo: el Libro de Mormón. En él, el Padre presentó a Su Hijo resucitado diciendo: “He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre” (3 Nefi 11:7). Con esta presentación divina se inicia el relato del ministerio de nuestro Salvador entre algunas de Sus “otras ovejas” (Juan 10:16) tras Su ascensión de Jerusalén. El mensaje a lo largo de todo el Libro de Mormón es sobre la divinidad de Jesucristo y las bendiciones eternas que pueden recibir todos los hijos y todas las hijas de Dios mediante Su amor redentor. Éstas son las palabras de un profeta del Libro de Mormón:

“Porque nosotros trabajamos diligentemente para escribir, a fin de persuadir a nuestros hijos, así como a nuestros hermanos, a creer en Cristo y a reconciliarse con Dios; pues sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos…

“Y hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:23, 26).

A todo esto se añade la declaración de los profetas modernos: “Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!” (D. y C. 76:22). En Doctrina y Convenios, Él testifica sin lugar a dudas de Su propia misión divina: “Yo soy el Alfa y la Omega, Cristo el Señor; sí, soy él, el principio y el fin, el Redentor del mundo” (D. y C. 19:1).

En Él vemos no sólo a nuestro Maestro y Buen Pastor, sino también a nuestro gran Ejemplo, que nos pide: “…Si quieres ser perfecto… ven y sígueme” (Mateo 19:21).  

La Piedra Angular

Él es la principal piedra angular de la Iglesia que lleva Su nombre: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. No hay ningún otro nombre dado entre los hombres mediante el cual podamos ser salvos (véase Hechos 4:12). Él es el Autor de nuestra salvación, el Dador de la vida eterna (véase Hebreos 5:9). No hay quien se le compare; nunca lo ha habido y nunca lo habrá. Demos gracias a Dios por la ofrenda de Su Amado Hijo, que dio Su vida para que pudiésemos vivir y que es la piedra principal e inamovible de nuestra fe y de Su Iglesia.  

El punto central de nuestra fe

No sabemos todo lo que yace adelante; vivimos en un mundo de incertidumbre. Para algunos, habrá grandes logros; para otros, desilusiones. Para algunos, mucho gozo y alegría, buena salud y una vida holgada; para otros, quizás enfermedad y un grado de pesar. No lo sabemos. Pero de una cosa estamos seguros: al igual que la estrella polar de los cielos, pese a lo que depare el futuro, allí se encuentra el Redentor del mundo, el Hijo de Dios, seguro y firme, como el ancla de nuestra vida inmortal. Él es la roca de nuestra salvación, nuestra fortaleza, nuestro consuelo, el mismo punto central de nuestra fe.

Acudimos a Él en tiempos buenos o malos, y Él está allí, para darnos seguridad y aprobación.

Él es el punto central de nuestra adoración; Él es el Hijo del Dios viviente, el Primogénito del Padre, el Unigénito en la carne. Él “ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron” (1 Corintios 15:20). Él es el Señor que vendrá de nuevo “para reinar en la tierra sobre su pueblo” (D. y C. 76:63; véase también Miqueas 4:7; Apocalipsis 11:15).

Nadie tan grandioso ha caminado sobre la tierra; ningún otro ha hecho un sacrificio comparable ni otorgado una bendición semejante. Él es el Salvador y el Redentor del mundo. Creo en Él; afirmo Su divinidad sin dudas ni evasivas. Lo amo. Pronuncio el nombre de Jesucristo con reverencia y maravilla. Él es nuestro Rey, nuestro Señor, nuestro Maestro, el Cristo viviente, que está a la diestra de Su Padre. ¡Él vive! Él vive, resplandeciente y maravilloso, el Hijo viviente del Dios viviente.

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DISCURSO DE STEVE JOBS

Amigos de El Rincón Sud les traigo un maravilloso vídeo de 15 minutos de duración, de un discurso de Steve Jobs, que a mi me parece maravilloso por el mensaje que transmite y porque es altamente motivador, yo lo vi por primera vez en el año 2006 y he usado muchas de sus palabras para enseñar y aún para aplicarlas en mi vida.


Por si no saben quien es Steve Jobs, les comento que es super famoso, es un gran empresario, actual presidente de Apple Inc y uno de sus fundadores, también fundador de Pixar, entre otras cosas maravillosas de su vida. Para más información les dejo un link a la wiki.


Si bien él no es miembro de la Iglesia, el mensaje de su discurso está para mi entre lo bueno a lo que aspiramos tal cual enseña el artículo de fe N° 13.


Que lo disfruten, y espero sus comentarios.



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GRANDES ESPERANZAS

Mis queridos y jóvenes amigos, el espíritu que llena esta reunión, aquí, en el Centro Marriott de la Universidad Brigham Young y en cientos de otros lugares por todo el mundo, refleja la fortaleza, la devoción y la bondad de ustedes. ¡Cuán agradecido estoy por estar con ustedes esta noche! Al verles recuerdo las palabras que escribió el poeta Henry Wadsworth Longfellow:

¡Hermosa juventud, de brillante resplandor,
de ilusiones, aspiraciones y sueños de fervor!
Libro de comienzos, de historia sin fin,
¡Una heroína en toda joven, y en todo hombre un amigo afín!.

Además de ustedes, me complace estar con integrantes de mi familia esta noche.

Hace poco, volví a leer uno de mis libros preferidos de hace mucho tiempo, escrito por Charles Dickens, titulado Grandes esperanzas. Los que lo hayan leído recordarán que Dickens habla de un jovencito llamado Philip Pirrip, conocido como “Pip”. El pequeño Pip era huérfano y no recordaba haber visto jamás ni a su padre ni a su madre. Sus deseos eran típicos de un niño: deseaba con toda el alma ser erudito, ser caballero y ser menos ignorante; sin embargo, parecía que lo que ambicionaba y lo que esperaba estaban condenados al fracaso, hasta que un día un abogado de Londres, de apellido Jaggers, se acercó al pequeño Pip y le dijo que un benefactor desconocido le había legado una fortuna. Entonces, el abogado dijo que el pequeño Pip era un “muchacho de grandes esperanzas”.

Hoy, al contemplar quiénes son ustedes y lo que son, en quiénes se pueden convertir y lo que pueden llegar a ser, les digo, como el abogado le dijo a Pip: tienen grandes esperanzas no por causa de un benefactor desconocido, sino merced a Uno conocido, nuestro Padre Celestial, y se esperan grandes cosas de ustedes.

Prepárense para la carrera de la vida

Muchos de ustedes ya casi finalizan su educación formal (cuando eso ocurra todos celebraremos); otros todavía tienen por delante más períodos de preparación académica, pero todos se encuentran en lo que se podría llamar la carrera de la vida.

El autor del libro Eclesiastés escribió: “Ni es de los ligeros la carrera, ni la guerra de los fuertes” (Eclesiastés 9:11), sino de los que perseveran hasta el fin. La carrera de la vida es tan importante, el premio tan valioso, que, forzosamente, se debe hacer mucho hincapié en la importancia de prepararse de manera apropiada y exhaustiva.

Cuando meditamos en la naturaleza eterna de nuestras decisiones, la preparación es un elemento indispensable de nuestra vida. Llegará el día en que dirijamos la mirada hacia nuestra época de preparación y estemos agradecidos por habernos empeñado debidamente.

Hace muchos años, antes de ser llamado al Quórum de los Doce, tuve la oportunidad de dar un discurso en una convención de negocios en Dallas, Texas, conocida como “la ciudad de las iglesias”. Después de la convención, hice un recorrido turístico en un autobús que iba por las afueras de la ciudad. A medida que pasábamos por las hermosas iglesias, nuestro conductor comentaba: “A la izquierda pueden ver la iglesia metodista” o “Allí, a la derecha, se encuentra la catedral católica”. Cuando pasamos por un hermoso edificio de ladrillo rojo, situado sobre una colina, el conductor nos informó: “En ese edificio se reúnen los mormones”.

Se escuchó la voz de una mujer que, desde el fondo del autobús, preguntó: “Señor, ¿puede decirnos algo acerca de los mormones?”. El conductor detuvo el autobús cerca de la acera, se dio vuelta y respondió: “Señora, todo lo que sé acerca de los mormones es que se reúnen en ese edificio de ladrillo rojo. ¿Hay alguien en este autobús que sepa algo acerca de los mormones?”.

Busqué en las expresiones de cada persona alguna señal de que supieran algo, que tuvieran algún deseo de comentar. No encontré nada, ni una sola señal. Entonces descubrí cuán ciertas son las siguientes palabras: “Cuando llega el momento de decidir, el tiempo de prepararse ya pasó”. Durante los quince minutos que siguieron, tuve el privilegio de dar, como dijo Pedro, una “razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15). En aquel momento, llegué a valorar mucho más la preparación.

De hecho, mis jóvenes amigos, el período de preparación de ustedes no comenzó el día en que entraron en su primera clase de educación superior. Comenzó mucho antes de que vinieran a esta tierra, cuando vivíamos como hijos espirituales de nuestro Padre Celestial. Estoy tan agradecido de que, en Su sabiduría, Él nos haya dado un registro, en el libro de Abraham, en el cual se nos dice algo acerca de esa época de nuestra existencia:

“Y el Señor me había mostrado a mí, Abraham, las inteligencias que fueron organizadas antes que existiera el mundo; y entre todas éstas había muchas de las nobles y grandes;

“y vio Dios que estas almas eran buenas, y estaba en medio de ellas, y dijo: A éstos haré mis gobernantes; pues estaba entre aquellos que eran espíritus, y vio que eran buenos; y me dijo: Abraham, tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer.

“Y estaba entre ellos uno que era semejante a Dios, y dijo a los que se hallaban con él: Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual éstos puedan morar;

“y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare;

“y a los que guarden su primer estado les será añadido; y aquellos que no guarden su primer estado no tendrán gloria en el mismo reino con los que guarden su primer estado; y a quienes guarden su segundo estado, les será aumentada gloria sobre su cabeza para siempre jamás” (Abraham 3:22--26).

Después, en la sabiduría de nuestro Padre Celestial, ustedes y yo nacimos en esta tierra, donde nos recibieron familias amorosas.

Hago una pausa para comunicarles cuánto oran sus familias por ustedes. Ellos se preocupan por ustedes y se preguntan cómo les va. Les aman tanto. No los desilusionen.

El Señor nos dice en Doctrina y Convenios que durante los primeros ocho años de nuestra vida, no le es dado poder a Satanás para tentarnos por ser niños pequeños (véase D. y C. 29:46--47). Tuvimos una ventaja de ocho años sobre Lucifer.

El Señor le dio esta información al profeta José Smith allá por el año 1830. En nuestra época, un erudito y científico social de renombre, el doctor Glenn Doman —quien casi por seguro nunca escuchó la revelación citada—, ha llegado a la conclusión, mediante su investigación, de que “un niño recién nacido es casi exactamente igual que [una] computadora, aunque superior a ella en casi todos los sentidos.

“Lo que se introduce en la mente de un niño durante los primeros ocho años de vida es muy probable que nunca se borre. Si ingresan información errónea en su cerebro durante ese período, es sumamente difícil borrarla”. Él creía que el período más receptivo de la vida de una persona es la edad de dos o tres años.

Ustedes podrían preguntarse: “¿Por qué pone énfasis en esto el presidente Monson? El período de los primeros ocho años de aprendizaje hace tiempo que se nos terminó”. Sin embargo, ustedes, mis hermanos y hermanas, serán padres algún día y querrán enseñarles a sus hijos y a las generaciones futuras sobre la importancia de esos primeros ocho años.

Cuando pienso en algunas de las cosas que seguramente ustedes y yo hicimos de niños, de adolescentes y de jóvenes adultos, a veces considero que es una maravilla que nuestros padres hayan sobrevivido; ni hablar de que hayan conservado la cordura. Una mujer que había tenido una mañana muy difícil mientras trataba de mantener a sus hijos bajo control sintió que estaba a punto de perder sus cabales.

Su hijo pequeño, Matthew, se le acercó y, con una actitud alegre, dijo: “Mamá, ¿te acuerdas de ese jarrón que tu abuela le dio a tu madre y que ella te dio a ti, y que siempre estás preocupada pensando que lo voy a romper?”

“Sí”, dijo ella.

“Bueno”, dijo Matthew, “¡ya puedes dejar de preocuparte!”

Prepárense en lo académico

Ustedes, mis hermanos y hermanas, han comenzado otro gran período de preparación para que puedan capacitarse para la carrera de la vida. Me refiero a la preparación académica. Es importante, porque es aquí donde aprendemos las lecciones que nos ayudarán a estar a la altura de las dificultades de este mundo cambiante en el que vivimos.

Tan sólo algunas generaciones atrás, si alguien aspiraba a un puesto de responsabilidad en el mundo de los negocios, probablemente el jefe de personal le preguntara: “¿Está dispuesto a trabajar mucho? ¿Goza de buena salud?”. Y si las respuestas a esas preguntas eran afirmativas, lo más probable era que lo contrataran.

Éste, por supuesto, no es el caso en la actualidad. Suponiendo que elijan nuestro currículum —que, por lo general, se envía por Internet— para una entrevista en persona, el director de recursos humanos de esta época hará preguntas como: ¿Qué clase de título recibió? ¿Qué puede aportar a nuestra compañía? ¿Qué programas informáticos conoce bien?

Hagan el esfuerzo

Hace muchos años, tuve la oportunidad de enseñar a nivel universitario y recuerdo que algunos alumnos parecían saber bien hacia dónde iban. Eran aplicados, tenían objetivos, tenían metas y se esforzaban por avanzar para lograrlos, pero otros no tenían ningún interés. Parecían estar a la deriva en un mar de posibilidades arriesgadas, donde las olas del fracaso amenazaban con sepultarlos. Primero, se volvían perezosos; luego, se desanimaban; más tarde, se volvían indiferentes; y, por último, no completaban los estudios.

Uno de los alumnos que abandonó los estudios regresó a casa para hablar con su madre y le dijo: “Mamá, dejé la escuela. Voy a salir al mundo y me las voy a arreglar yo solo”. Armó su maleta y salió a enfrentar la vida. Cuando ya llevaba tres semanas enfrentando la vida, llamó a su madre. “Mamá”, dijo, “¿te acuerdas que cuando me fui me dijiste que si dejaba los estudios no podría conseguir un empleo? Bueno, estabas equivocada; apenas hace tres semanas que me fui ¡y ya he tenido seis trabajos!”.

Para la búsqueda de la excelencia, es indispensable hacer un esfuerzo genuino. Recuerden que “el que siembra escasamente, segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente segará” (2 Corintios 9:6).

La vida es un mar en el cual se humilla al orgulloso, queda expuesto el haragán y se descubre al líder. Para navegar por él a salvo y llegar al puerto deseado, deben mantener sus cartas de navegación a mano y actualizadas. Deben aprender mediante la experiencia de otras personas, ser firmes en sus principios, ampliar sus intereses, comprender el derecho que tienen los demás de navegar por el mismo mar y ser confiables en el cumplimiento de sus deberes.

El esfuerzo que dediquen a los estudios tendrá un efecto notable en las oportunidades que se les presenten cuando terminen de estudiar. Al esforzarse por lograr una buena nota, no subestimen la importancia de realmente aprender a pensar. Henry Ford, el gran empresario industrial, dijo: “Un hombre culto no es el que ha adiestrado su memoria para recordar algunas fechas de la historia, sino aquel que puede lograr resultados. El hombre que no sabe pensar no es un hombre culto, no importa cuántos títulos haya obtenido. Pensar es la tarea más difícil que cualquier persona pueda realizar; probablemente sea ésa la razón por la cual tenemos tan pocos pensadores”.

Prepárense espiritualmente

Mucho más importante que el período de preparación académica es el tema de la preparación espiritual. Debemos obtener nuestro propio testimonio del evangelio de Jesucristo, el cual será un ancla para nuestra alma.

Durante esta época inquisitiva e incierta de su vida, algunos de ustedes quizá se pregunten lo mismo que Pilato, el gobernador de Judea en los tiempos de Cristo: “¿Qué es la verdad?” (Juan 18:38). Y, una vez más, acudimos a la guía que nos dan las revelaciones:

“Y lo que no edifica no es de Dios, y es tinieblas.

“Lo que es de Dios es luz” (D. y C. 50:23--24).

Miles de almas honradas e inquisitivas siguen enfrentando la pregunta que tenía José Smith cuando analizaba las declaraciones de las Iglesias de su comunidad en cuanto a quién está en lo cierto y quién está en el error. José dijo:

“En medio de esta guerra de palabras y tumulto de opiniones, a menudo me decía a mí mismo: ¿Qué se puede hacer? ¿Cuál de todos estos grupos tiene razón; o están todos en error? Si uno de ellos es verdadero, ¿cuál es, y cómo podré saberlo?…

“Finalmente llegué a la conclusión de que tendría que permanecer en tinieblas y confusión, o de lo contrario, hacer lo que Santiago aconsejaba, esto es, recurrir a Dios” (José Smith---Historia 1:10, 13).

Y oró. La mejor descripción de los resultados de esa oración es la que ofrecen las propias palabras de José. Ustedes las conocen: “Vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” (José Smith—Historia 1:17). José escuchó y aprendió. La pregunta había sido contestada.

Para quienes busquen con humildad, no será necesario tropezar ni flaquear en el camino que conduce hacia la verdad, ya que está bien señalado por nuestro Padre Celestial. Primero, debemos tener el deseo de saber por nosotros mismos. Debemos estudiar y orar. Debemos hacer la voluntad del Padre. Y entonces sabremos la verdad, y la verdad nos hará libres. Los que la busquen con humildad recibirán la ayuda de los cielos. Esa es una promesa que yo les hago. Piensen en eso.

Recuerden que la duda y la fe no pueden existir en la mente al mismo tiempo, ya que una disipará la otra. En tanto que la duda destruye, la fe satisface. El tener una actitud de fe nos acerca más a Dios y a Sus propósitos.

El presidente David O. McKay a menudo mencionaba que “la experiencia terrenal del hombre no es más que una prueba para ver si concentra sus esfuerzos, su mente y su alma en las cosas que contribuyan a la comodidad y la satisfacción de su naturaleza física, o si dedica su vida a la adquisición de cualidades espirituales”.

La fe, en cierta forma, implica confiar en la palabra de nuestro Creador, incluso depender de ella.

Si tuvieren dudas, sigan el consejo del presidente Stephen L. Richards, quien fue consejero de la Primera Presidencia y declaró: “Simplemente digan a esos pensamientos escépticos, molestos y rebeldes: ‘Me propongo quedarme con mi fe, con la fe de mi pueblo. Sé que es allí donde se encuentran la felicidad y la alegría y les prohíbo, pensamientos agnósticos y dubitativos, que destruyan la casa de mi fe. Reconozco que no comprendo los procesos de la Creación, pero acepto el hecho de que ocurrió. Acepto que no puedo explicar los milagros de la Biblia, ni tampoco intento hacerlo, pero acepto la palabra de Dios. No estuve con José pero le creo. Mi fe no es fruto de la ciencia y no permitiré que la ciencia la destruya’”.

Al llegar a su fin el período de preparación académica y al embarcarse en la gran carrera de la vida, permítanme darles algunos consejos que los ayudarán a alcanzar sus grandes esperanzas.

Eviten las trampas de la vida

En primer lugar, eviten las trampas que encuentren en el camino. Eviten los desvíos que los privarán de su recompensa celestial. Pueden reconocerlos, si desean hacerlo. Es probable que esas desviaciones se identifiquen con frases como “Si lo hago una sola vez, no tiene importancia” o “Mis padres son tan anticuados”.

Los malos hábitos también pueden ser trampas. En un principio, podemos deshacernos de ellos si queremos; más tarde, nos deshacemos de ellos si podemos. John Dryden, influyente poeta y escritor de obras de teatro inglés del siglo 17, escribió:

Los malos hábitos aumentan sin que nos demos cuenta,
del mismo modo que los arroyos forman ríos y los ríos desembocan en la mar abierta.

Por el contrario, los buenos hábitos son los músculos del alma: cuanto más los usemos, más fuertes llegarán a ser.

Nuestro Padre Celestial nos ha aconsejado que busquemos todo lo “virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza” (Artículos de Fe 1:13). El ser permisivos, la inmoralidad, la pornografía y el poder de la presión social pueden hacer que muchos se zarandeen en un mar de pecado y que choquen contra los dentados escollos de oportunidades perdidas, bendiciones inmerecidas y sueños destrozados.

Cualquier cosa que lean, que escuchen o que miren dejará una huella en ustedes.

Eviten cualquier cosa que se parezca a la pornografía; es peligrosa y adictiva. Si siguen viendo pornografía, su espíritu se volverá insensible y se les corroerá la conciencia.

No tengan miedo de salir del cine, de apagar la televisión ni de cambiar la estación de radio cuando lo que se esté transmitiendo no cumpla con las normas del Padre Celestial. En pocas palabras, si no están seguros de que una película, un libro u otra forma de entretenimiento sea apropiado, no lo miren, no lo lean, no participen de ello.

Perseveren hacia sus metas

Segundo, cuidado con los comienzos ostentosos y las terminaciones que pierden intensidad. Me encanta la sabiduría sencilla que encontramos en este poema sencillo, escrito por un escritor anónimo. En el mundo literario, no creo que sea una obra maestra, pero se entiende el mensaje:

Sé constante en tu tarea hasta que la domines;
Muchos comienzan, pero pocos terminan.
El honor, el poder, la posición y el elogio
Son siempre de aquel que persevera.

Permanece en tu labor hasta que la domines;
Esfuérzate, suda y sonríe ante ella,
Porque del esfuerzo, el sudor y la risa,
recibirás al fin tu victoria.

Esta rima es interesante: “El trabajo ganará y el soñar despierto no trascenderá”. Si estamos dispuestos a trabajar, como resultado obtendremos la capacidad de realizar un esfuerzo continuo para lograr una meta determinada.

Siempre he sido fanático de los deportes. Por mucho tiempo recordaré a un relator en el momento en que alababa el increíble desempeño de Yelberton Abraham Tittle, uno de los grandes mariscales de campo profesionales del fútbol americano de todos los tiempos. Él dijo:

“Ésta será la jugada clave del partido. Tittle va a lanzar el balón desde el centro; se desvía para lanzar, pero su equipo no puede respaldarlo. Parece que el partido ha terminado.

“¡Esperen! ¡Esperen! Tittle ha esquivado a sus oponentes y ha pasado la mitad del campo. Lanza la pelota y ésta llega a la zona de gol; la atrapan y anotan un tanto.

“¡Ése fue un gran esfuerzo extra de Tittle!”.

En el juego de la vida, a menudo se requiere que hagamos un esfuerzo extra. Una vida feliz no hace su entrada con trompetas y redoblantes a ninguna edad. Va creciendo dentro de nosotros año tras año, poco a poco, hasta que, finalmente, nos damos cuenta de que es nuestra. Se logra por medio de mucho trabajo, tan bien hecho que podemos levantar la cabeza, seguros de nosotros mismos, y mirar al mundo a los ojos.

Sigan el ejemplo de Cristóbal Colón. Tomen como ejemplo una hoja del diario que llevó durante su primer viaje. Día tras día, con la esperanza de encontrar una tierra que no encontraban, simplemente escribió: “Hoy seguimos navegando”. La perseverancia se recompensa con ricos frutos.

Ayuden a otros

Tercero, ayuden a otros en su propia carrera de la vida.Recuerden que cuando ayudan a otra persona a subir una montaña, ustedes también se están acercando un poco más a la cima. Traten de ver a su hermano o a su hermana con la perspectiva correcta. Un hombre dijo: “Miré a mi hermano con el microscopio de la crítica y pensé: ‘¡Qué tosco es mi hermano!’.Luego, miré a mi hermano con el telescopio del desdén y dije: ‘¡Qué pequeño es mi hermano!’.Luego, miré el espejo de la verdad y dije: ‘¡Cuán parecido a mí es mi hermano!’”.

La misión del Maestro se caracterizó por su actitud de amor. Él le dio vista al ciego, piernas al cojo y vida a los muertos. Quizá cuando estemos frente a nuestro Hacedor, no nos preguntará: “¿Cuántos puestos tuviste?”, sino “¿A cuántas personas ayudaste?”. En realidad, nunca podrán amar al Señor hasta que no lo sirvan al servir a Su pueblo.

Procuren la ayuda del Señor

Cuarto y último, busquen la ayuda del Señor.Las almas son de muchísimo valor: tanto las de ustedes como la mía. El mismo Padre Celestial lo ha dicho.

Recuerden que no estamos corriendo solos en esta gran carrera de la vida; tenemos derecho a la ayuda del Señor. El apóstol Pablo exhortó a los hebreos de la siguiente manera:

“Despojémonos… del pecado…, corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante,

“puestos los ojos [en un ejemplo, o sea,] en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:1--2).

Antes de que podamos tomarlo como compañero, antes de que podamos seguirlo como guía, debemos encontrarlo, y para ello me gustaría sugerir que antes que nada debemos hacerle un espacio en nuestra vida. Él dijo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza” (Mateo 8:20).

El médico Lucas describió así la escena del nacimiento de Cristo: ““Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón” (Lucas 2:7).

La invitación del Señor es para cada uno de nosotros. Piensen que el Señor se está dirigiendo a ustedes personalmente: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él [y yo agregaría, a ella]” (Apocalipsis 3:20).

Mis jóvenes hermanos y hermanas, hagan un espacio para el Señor en su hogar y en su corazón, y Él será su compañero. Él estará a su lado. Él les enseñará el camino de la verdad. Con Su ayuda, y con la preparación de la que he hablado, pueden seguir adelante en esta carrera de la vida y alcanzar sus grandes esperanzas. Entonces, cuando todo termine, podrán decir: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4:7).

Si lo hacen, recibirán las bendiciones del cielo. Aquél que está al tanto de la caída de un pajarillo reconocerá, a Su manera, nuestro servicio.

Permítanme compartir con ustedes una experiencia que refleja esta promesa.

El hermano Edwin Q. Cannon, hijo ---le llamamos Ted--- fue misionero en Alemania en 1938. Amó a la gente y sirvió fielmente. Al terminar su misión, regresó a casa en Salt Lake City, contrajo matrimonio y comenzó su propio negocio.

Pasaron cuarenta años. Un día, el hermano Cannon vino a mi oficina y me dijo que había estado deshaciéndose de algunas de las fotos de su misión. (Deshacerse es una buena palabra, puesto que uno las revisa, se desprende de dos o tres fotografías y guarda el resto.) Entre las fotos que había guardado desde el tiempo de su misión, había varias que no sabía exactamente de qué eran. Cada vez que se proponía desecharlas, recibía la impresión de guardarlas, aunque no sabía por qué. Eran fotografías que había tomado el hermano Cannon durante su misión, cuando sirvió en Stettin, Alemania, y eran de una familia compuesta por una madre, un padre y dos pequeños: una niña y un niño. Sabía que su apellido era Berndt, pero no recordaba nada más acerca de ellos. Me dijo que tenía entendido que había un hermano Berndt que era líder de la Iglesia en Alemania, y pensó, aunque la posibilidad era remota, que este Berndt podía tener algún parentesco con los Berndt que habían vivido en Stettin y que aparecían en la fotografía. Antes de deshacerse de las fotos, pensó en preguntarme a mí.

Le dije al hermano Cannon que en poco tiempo iría a Berlín, donde pensaba ver a Dieter Berndt, el mencionado líder de la Iglesia, y que le mostraría las fotografías para averiguar si había algún parentesco y preguntarle si las quería. También existía la probabilidad de que viera a la hermana del hermano Berndt, que estaba casada con Dietmar Matern, un presidente de estaca de Hamburgo.

El Señor no permitió siquiera que llegara a Berlín para hacer cumplir Sus propósitos. Me encontraba en Zúrich, Suiza, tomando el vuelo hacia Berlín, cuando Dieter Berndt subió al avión. Se sentó a mi lado y le dije que tenía algunas fotografías viejas de algunas personas de apellido Berndt, de Stettin. Se las entregué y le pregunté si se daba cuenta de quiénes eran las personas que aparecían en las fotografías. Mientras las miraba atentamente, comenzó a derramar lágrimas. Él dijo: “Nuestra familia vivía en Stettin durante la guerra. Mi padre murió cuando una bomba de los aliados explotó en la planta donde él trabajaba. Poco tiempo después, los rusos invadieron Polonia y la zona de Stettin. Mi madre nos tomó a mi hermana y a mí y huimos del enemigo que avanzaba. Tuvimos que dejar nuestras pertenencias, entre ellas todas las fotografías que teníamos. Hermano Monson, yo soy el pequeñito que aparece en estas fotos y mi hermana es la niñita. El hombre y la mujer son nuestros queridos padres. Hasta el día de hoy, no tenía fotografías de nuestra infancia en Stettin, ni de mi padre”.

Enjugando mis propias lágrimas, le dije al hermano Berndt que las fotografías eran suyas. Él las puso en su portafolio con mucho cuidado y cariño.

Durante la conferencia general que siguió a ese acontecimiento, Dieter Berndt viajó a Salt Lake City y fue a visitar al hermano Edwin Cannon, hijo, y a su esposa, para expresarles en persona su agradecimiento por lo inspirado que había sido el hermano Cannon al guardar esas fotografías tan preciadas y por seguir la inspiración de no deshacerse de ellas durante cuarenta años.

William Cowper escribió estas líneas:

Con maravillas obra Dios,
en la profundidad;
calma la fiera tempestad
y pasa por la mar…

Pues no debéis a Dios juzgar.
mas sí, confiad en Él;
tras sombras de oscuridad,
sonríe con amor.

Este testimonio les doy: que Dios vive, que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios Viviente, que Él es nuestro Hermano Mayor; Él es nuestro Redentor y nuestro Salvador; Él es el autor de las grandes esperanzas de ustedes.

Les dejo mi bendición; les expreso mi amor. Ustedes son una generación escogida con grandes esperanzas. Que el Padre Celestial los guíe y los bendiga siempre, y que ustedes siempre se esfuercen por alcanzar esas grandes esperanzas, es mi ruego, en el nombre de Jesucristo. Amén.

© 2008 por Intellectual Reserve, Inc. Todos los derechos reservados. Aprobación del inglés: 10/08. Aprobación de la traducción: 10/08. Traducción de Grandes esperanzas. Spanish. PD50013401 002

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